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En este blog encontrarás cuentos, relatos, micro-relatos y breves aventuras literarias sobre temas diversos que sólo buscan abstraerte del mundo por 20 minutos. Disfrútalas.




viernes, 24 de junio de 2016

Un ahogado grito de terror en la noche - CUENTO

1


De entre las oscuras sombras de la oscura noche emergieron, a la pálida luz del único farol y al escrupuloso silencio; unos ojos encendidos que brillaban terribles en el centro de una cara estropeada por una monstruosa deformación; y una voz cavernosa y siniestra que parecía venida del infierno.

- Espero no llegar tarde, pero vengo caminando; me gustan las noches así: oscuras, silenciosas de miedo, sangrientas-  dijo la siniestra voz de la cara monstruosa; y con parsimonia extrajo de su bolsillo la mano derecha todavía sangrante del hombre que acababa de matar. La mostró con cierto orgullo y una sonrisa maligna: era la prueba convenida que debía llevar a la cita para recibir su pago por el trabajo.

- El resto lo tengo guardado para comerlo mañana con lentejas y arroz- agregó la espeluznante voz, y soltó unas escalofriantes carcajadas.

Un hombre alto, con aire distinguido y de elegante traje oscuro que esperaba hacía media hora bajo la anémica luz del solitario farol a las afueras de la ciudad; recibió la mano sin decir nada, la envolvió con cuidado y en silencio en una servilleta de papel, la metió en una bolsa y luego la guardó en su maletín. Era el Número Tres, recientemente incorporado a la Alta Dirección de la Organización.

- Ya me habían hablado de tu cara de monstruo y tus placeres de bestia; pero jamás me imaginé que fueras tan repugnante- dijo el Número Tres- ¿Y por qué no te cubres esa cosa que tienes donde los demás tenemos la cara?- preguntó con un desagrado que no pretendía ocultar.

- Yo soy lo que soy, y me gusta cómo soy, y disfruto lo que hago- contestó el de la cara monstruosa, y poniendola muy cerca de la del Número Tres, agregó-:  y si no te gusta mi cara no me mires, que a mí tampoco me gusta la tuya.

El Número Tres tuvo que bajar la mirada, y haciendo como si no hubiera escuchado, retrocedió unos pasos, nerviosamente encendió un cigarrillo e hizo una seña con la mano hacia la oscuridad. Al instante se acercó un auto con unos hombres dentro; salió una mano con un sobre por la ventana y se la entregó al Número Tres.

- Aquí tienes- dijo el Número Tres, alcanzando el sobre al de la cara monstruosa- ¡y espero que se la primera y última vez que te  vea monstruo!- agregó con repugnancia, pero también con miedo.

- Tú eres nuevo en esto Número Tres- dijo el de la cara monstruosa, recibiendo el sobre- y no sabes cuántos Números Tres han pasado antes que tú desde que empecé a trabajar para la Organización, y yo aquí me mantengo. Te aconsejo que te acostumbres a mi cara, si quieres mantenerte tú dentro de la Alta Dirección.

- ¿Qué sabes tú, monstruo, de la Alta Dirección? - preguntó contrariado el Número Tres- tú no eres más que un animal que se encarga del trabajo sucio; ya me encargaré yo personalmente de que la Organización se deshaga de ti.

- Ja,ja,ja,ja,ja - rió de buena gana el de la cara monstruosa- La Organización no puede deshacerse de mí Número Tres; tú no sabes hasta qué punto yo soy también la Organización. Dale mis respetos al Número Uno y mis saludos al Número Dos; ya saben dónde encontrarme si me necesitan.

El Número Tres tiró al piso el cigarrillo que segundos antes había empezado a fumar y con ira lo aplastó con su zapato; se dirigió al auto que lo esperaba con el motor encendido, subió, tiró un portazo; y temblando de una manera que no podía controlar, ordenó casi fuera de sí-: ¡Sáquenme de aquí, no resisto más la presencia de éste monstruo!- El auto hizo un giró y aceleró, levantando mucho polvo con las ruedas, y se perdió veloz. Bajo la pobre luz del triste farol, el de la cara monstruosa reía con placer, acariciando el sobre; sus carcajadas eran como desgarramientos del silencio. Unos minutos después, ya solo en el silencio del lugar y las sombras de la noche; el de la cara monstruosa sacó un pañuelo rojo de un bolsillo y luego de doblarlo cuidadosamente, lo anudó  por detrás de su cabeza y lo acomodó de tal manera que cubra la horrible deformación que domina todo el lado derecho de su cara, y luego de calzarse un sombrero negro, se perdió caminando en la oscuridad de la que antes había emergido.


2


En una lujosa oficina del décimo octavo piso del Pabellón Central, en el Exclusivo Complejo de la Organización, donde funciona la oficina de la Alta Dirección del Crimen Mundial; muy cerca ya de la media noche; El Número Uno, El Número Dos y El Número Tres, parados y en perfecto silencio, rodean una mesa circular y contemplan, sobre un impecable plato blanco, una mano cercenada. Luego de varias pruebas acaban de comprobar, con los técnicos de la Organización, que efectivamente la mano había pertenecido al peligro que había que eliminar, y ahora solos y a punto de terminar la jornada, conversan.

- ¿Entonces?- preguntó el Número Uno- ¿ya podemos estar tranquilos por un buen tiempo, éste era el último que quedaba?

- Eso es lo que dicen los Servicios de Inteligencia, que éste era el último de ésta generación; pero yo diría que mejor ya no confiemos en ellos; eso dijeron la última vez, cuando eliminamos al negro de pelo largo que apareció en Brasil, y eso fue hace sólo seis meses…; y luego apareció éste, aquí mismo, en Nueva Kroy, delante de nuestras narices- dijo el Número Tres.

- Nuestros Servicios de Inteligencia han sido siempre muy confiables, oportunos y eficaces; jamás han cometido un error Número Tres, y menos desde que yo, cuando pasé a ser Número Dos, asumí su dirección- acotó el Número Dos, muy serio y seguro. Además, es gracias a los Servicios de Inteligencia y a toda la tecnología que hemos puesto en sus manos, que estamos muy bien infiltrados y podemos detectarlos a tiempo. No olviden que contamos con una muy buena red de información que nos mantiene al tanto, en tiempo real, de todo lo que pasa en cada rincón del planeta, y es por eso que podemos actuar oportunamente ante cualquier eventualidad. Como ustedes saben bien, controlamos todo y a todos desde muy cerca; pero últimamente están apareciendo más, y con mayor frecuencia; nadie sabe por qué y nadie ha podido hacer nada aún sobre eso.

- Por supuesto, por supuesto Número Dos, no era mi intención cuestionar a nadie y menos a usted. ¿Entonces… es inevitable que sigan apareciendo más y más y con mayor frecuencia y la cosa está en eliminarlos a tiempo?- inquirió el Número Tres.

- Así es- confirmó el Número Uno- seguirán apareciendo más y más; y aunque La Organización hace denodados esfuerzos e invierte abundantes recursos en evitar incluso que nazcan, siempre hay alguno, en cualquier parte del mundo, que escapa los controles y en algún momento abre los ojos. Entonces hay que detectarlo y eliminarlo. Calló por un momento y se separó de la mesa el Número Uno, dio unos pasos inciertos por la oficina como cavilando, y continuó hablado en un tono más condescendiente.

- Es usted nuevo aquí Número Tres, e ignora muchas cosas que poco a poco irá descubriendo. Hoy tuvo usted una prueba definitiva para ver si se queda, pero déjeme darle un par de consejos que le ayudarán a mantenerse en la Alta Dirección, si la pasa: primero que nada, sea usted consciente de la entrega absoluta e irrenunciable que La Organización exige de nosotros; ella es dueña de nuestras vidas, de nuestros destinos; ella es nuestra única familia y a ella le debemos más fidelidad que a nosotros mismos. Y segundo: no olvide jamás que nada es más peligroso para La Organización y para los que están detrás de ella, que son en definitiva quienes gobiernan y nos han puesto aquí, que alguno de ellos abra los ojos y pueda contagiar a los demás, ¡eso no puede suceder jamás! Ellos deben continuar dormidos; y si abren los ojos, si despiertan, hay que eliminarlos inmediatamente; y ése Número Tres, es la parte más importante de su trabajo precisamente: coordinar su eliminación con los agentes que tenemos dispersos por todo el mundo encargados de ese trabajo. Usted es el nexo entre esos agentes y la Alta Dirección, así como parte del trabajo del Número Dos es coordinar con los Servicios de Inteligencia que los detectan, y el mío dar cuenta a los que están por encima de todo.

- Gracias por sus consejos Número Uno, los tendré muy en cuenta; y créame que aunque soy nuevo aquí, estoy muy consciente de lo que significa estar en la Alta Dirección y de cuáles son mis deberes dentro de ella. Entiendo además que mientras no se mejore el sistema que los detecta en los vientres de sus madres y evita que nazcan, hay que seguir ubicándolos y eliminándolos ni bien abren los ojos. Eso lo sé muy bien, lo comprendo perfectamente. Pero lo que ya no quiero es tener que tratar otra vez con ese monstruo- dijo con sumo desagrado el Número Tres. Me resulta tan repugnante Número Uno, me revuelve el estómago. No es solamente un monstruo deforme, horrible y espantoso; sino es además   insolente, es un animal, una bestia. Entiendo que fácilmente otro agente podría ocupar su lugar y hacer el trabajo que él hace. ¿Por qué no nos deshacemos de él?, es un agente más. ¿Y por qué hoy tuve la orden expresa de tratar con él personalmente, de ser yo mismo quien le entregue el sobre?, ¿no puede ser otro en todo caso?. ¿Qué hay en el sobre, a él no se le paga con dinero verdad? ¿Alguien podría...

Al escuchar esas palabras, el Número Uno cambió completamente de expresión y se separó con ostensible violencia de la mesa dejando al Número Tres sin terminar. Cogió el vaso de wiskie que tenía al alcance de su mano y se dirigió a la ventana visiblemente molesto y contrariado. Se quedó por unos segundos parado frente a la ventana, contemplando la noche que se abría infinita frente a sus ojos. Luego hizo el mecánico gesto de apartarse el saco a un lado y meter la mano libre en el bolsillo del pantalón. Y por un largo rato continuó así, en silencio, contemplando las luces de la gran ciudad que se extendía interminable; luego bebió y dijo, pausadamente.

- Me parece que es tiempo de que conozca usted un secreto, Número Tres. Si vamos a compartir por algún tiempo los avatares de gobernar, es mejor que sepa usted esto que ya es conocido por el Número Dos. Acérquense ambos.

El Número Dos y El Número Tres se acercaron y ocuparon sus lugares a cada lado del Número Uno, bebieron de sus vasos y quedaron en silencio contemplando la gran ciudad, y escucharon lo que el Número Uno empezó a decir.

- Hace mucho tiempo, antes de que La Organización detectara mi potencial, mi tenebrosa sangre y escuálida alma y me despertara y reclutara para servirle, para pertenecer a ella; cuando aún vivía entre los dormidos y no era más que un joven insensato, me dejé ganar por mis debilidades y tuve un hijo. Pero ese hijo, que nunca debió nacer pues yo siento que he nacido para servir a La Organización, que tengo su marca, nació también marcado; pero en su caso la marca se manifestó también en su rostro: tenía toda la parte derecha de la cara deformada. Como comprenderá, por exigencias de la Organización no lo puedo tener conmigo; sin embargo sé de sus necesidades, de sus apetitos, de su manera peculiar de alimentarse, y me ocupo de ello. Soy su padre, y tengo que cultivar lo que ha heredado de mí. Por lo demás, sus necesidades coinciden muy bien con las necesidades de La Organización y así todos salimos ganando; es además uno de los agentes más eficientes; yo mismo lo entrené cuando era el Número Tres y hacía el trabajo que usted haces ahora. Él no está interesado en el dinero, el prefiere otras cosas. A propósito, ¿le entregó el sobre personalmente?

- Si Número Uno, yo mismo se lo entregué, personalmente como usted lo ordenó- contestó el Número Tres, excesivamente respetuoso y nervioso como un chiquillo. Ahora lo entiendo, ahora entiendo todo, y por favor perdóneme, yo no quería, yo no sabía, no fue mi intención- balbuceaba; pero calló y bajó los ojos, tan pronto el Número Uno lo miró fijamente.

Callaron los tres y bebieron en silencio de sus vasos; la ciudad se extendía quieta y silenciosa, vista desde la ventana; entregada a las sombras de la noche y a una calma aparente y ficticia bajo las cuales las personas vivían y morían inconscientes de todo. Al cabo de un rato y vaciados los vasos, los tres se dispusieron a salir. La jornada en la oficina había terminado, a los tres les quedaba la sensación del deber cumplido y se retiraron; a los tres los esperaban su casa, su cama y su tranquilo sueño. Pero sólo dos van a amanecer, uno no pasó la prueba, no vio al monstruo a la cara.


3


Sentado al fondo de un desvencijado bus que avanza penosamente por la periferia de la ciudad, el hombre con el pañuelo rojo en la cara y el sombrero negro contempla por la ventana y acaricia un sobre que lleva entre sus manos. Lleva en su mente los recuerdos y las imágenes recientes de oscuros placeres escondidos; y en algún lado de su cuerpo cierto cosquilleo anticipado por otros placeres próximos y cercanos por los que va con algo de impaciencia.

El bus continúa por las enrevesadas calles y la oscura noche; deja atrás la ciudad y se sumerge en las vacías callejuelas del viejo puerto. Luego de varios minutos, en una esquina oscura el hombre se baja, mira a un lado y otro y trata de ubicarse. Saca entonces del sobre un papel y lee algo, luego de guardarlo se dijo “por aquí”, y se interna por unos callejones solitarios. Después de doblar a izquierda y derecha un par de veces comprueba que está muy cerca. Parado finalmente frente al portón de un viejo almacén, sonríe. “Aquí es”, se dice; y saca del sobre una llave, luego de usarla empuja el portón, que hace un gran ruido al abrirse y entra.

Una vez dentro, busca algo en una penumbra apenas disipada por un foco mohoso que cuelga de un cordón, y se dirige a un rincón donde sus ojos detectan un bulto impreciso que se mueve y agita. Ya más cerca, se para y contempla por varios segundos, extasiado; eso que tanto le gusta, eso que disfruta con exquisito placer: el pánico, el terror de esos ojos desorbitados por el miedo que parecen salirse de su cara. “Una virgen”, se dice en una especie de frenesí; “una virgen de doce años”; y hace sonar sus broncas y siniestras carcajadas en el silencio de la noche. Se quita entonces el sombrero de la cabeza y el pañuelo que cubría la monstruosidad de su cara, y lentamente empieza a desnudarse. Atada de pies y manos, con los ojos enloquecidos por el terror; la niña tiembla horrorizada en el rincón y siente ahogarse, en su boca amordazada con un trapo, un grito de terror en la noche.


FIN

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