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En este blog encontrarás cuentos, relatos, micro-relatos y breves aventuras literarias sobre temas diversos que sólo buscan abstraerte del mundo por 20 minutos. Disfrútalas.




viernes, 24 de junio de 2016

Clase práctica - CUENTO


Es sábado por la noche; faltan ocho minutos para las doce y Javier, más que puntual, acaba de dejar a Inés, su novia, en el departamento que ella aún comparte con su madre. De ahí a su cuarto de pensión, Javier lo sabe bien, no son más de veinte minutos caminando; así que camina sin apuro, tranquilo y despreocupado… como tantas veces después de una cena de celebración en un restaurante del centro, de una película en el cine del barrio o de una rápida incursión a un cuarto de hotel (el más lejano y escondido posible) donde se aman con el apuro y la pasión de dos novios sin fecha de boda y que debe guardar las apariencias. Siendo finales de setiembre, el invierno aún no ha abandonado esta parte del mundo, y el airecillo de la noche es aún frío y se cuela por todos lados. Javier se sube el cuello de la casaca, mete las manos en los bolsillos y empiezaba a silbar una canción. Se podría decir que está contento; cuando de pronto, al cruzar una calle oscura y vacía: ¡pum!, sintió un golpe fuerte y seco en la cabeza y sin atenuantes ni contemplaciones, cayó de bruces sobre el asfalto duro y frío.


El mundo, de pronto, desapareció. Los inesperados golpes que encajó (el que sonó detrás de su cabeza primero, y el que se dio de lleno contra el asfalto después), lo hicieron perder la conciencia y quedó tendido en el piso desmayado. Por unos instantes interminables y confusos Javier quedó suspendido en el vacío y como dicen que pasa cuando uno está a punto de cruzar el umbral de la muerte, empezó a ver retazos de su vida que como en una película desfilaban ante sus ojos perdidos: vio desfilar a Inés y su noviazgo de cuatro años, vio su colegio estatal de barrio pobre donde enseñaba literatura y se empecinaba en hacer escribir a sus alumnos, vio a sus alumnos, vio su cuarto de pensión, sus libros, sus sueños de ser un día un escritor de las mejores historias policiales… pero luego de unos segundos de desvaríos, todo eso se fue lentamente evaporando, desvaneciendo y transformando en un pesado adormecimiento de su cuerpo y un intensísimo dolor que crecía y crecía incesantemente desde el fondo de su cabeza. Poco a poco, paulatinamente, Javier empezó a volver en sí, a regresar al mundo del que tan violentamente había sido desalojado. Cuando hubo reaccionado algo (aunque no se podía mover); de un caos de ruidos confusos, enredadas estridencias y vagas disonancias que le llegaban desde el fondo de su cabeza, fue rescatando unas voces lejanas y distorsionadas que hablaban sobre algo...

- ... ¡Sí te digo! ¡Sí!; lo hice como tú me dijiste; ¡vámonos!, ¡vámonos ya!; ya no tenemos nada que hacer aquí, alguien podría venir –sonó apenas, desde muy lejos, una voz.

- ¡Espera!, ¡espera!, no te atolondres. Nunca hay que dejarse ganar por los nervios o el miedo. Espera. Asegurémonos primero de que ya no se va a levantar. ¿Dices que quieres aprender no? –sonó otra en ecos apagados.


Sin terminar de zafarse por completo de su aturdimiento, adormecido aún en su razón y sus sentidos, Javier quería entender qué había pasado, por qué estaba tendido en el asfalto sin poder moverse, por qué le pesaba y dolía así la cabeza, quiénes eran los que estaban hablando y de qué estaban hablando…; pero apenas lograba percibir que eso espeso y tibio que comenzaba a mojarle la mejilla que tenía pegada contra el asfalto, era su oscura sangre.

-Entonces escucha bien pichón. Antes que todo tienes que aprender las tres reglas básicas de este negocio: Primero: está prohibido ponerte nervioso cuando estás por hacer el trabajo; Segundo: dudar al momento de hacerlo; y Tercero: tener remordimientos después de hecho. Se escuchó, ahora si clara y contundente, una oscura voz, muy segura y cargada de una fría autoridad.

- ¡Te digo que lo hice como tú me dijiste! –Protestó una voz evidentemente juvenil– un solo golpe con esta cosa que tu llamas el enfriador; fuerte, seco y sin dudar, en la parte de atrás de la cabeza. ¿No ves que no se mueve?... y no estoy nervioso, sólo quiero irme ya de aquí.

Despierto ya; devuelto a ese momento y ese lugar y otra vez en posesión de su razón y sus sentidos, Javier comenzaba a entender la situación y no le gustaba nada lo que entendía: ¡Iban a matarlo! ¡Si, ésos hombres habían ido a matarlo!. Ahora mismo iban a asegurarse de que estuviera muerto. Porque, no eran ladrones, no mostraban intenciones de robarle, no hurgaban entre sus pertenencias. Si, pensó con angustia, con desesperación, con un asomo de horror, “¡van a matarme!”, “¡van a matarme!” Su vieja afición a la literatura policial le decía que ésa era una manera de hablar y proceder de los asesinos, no de los ladrones…; pero, por otro lado, ¿quién querría matarlo?, ¿a él?; ¿quién se ocuparía de un humilde profesor de literatura cuya única ocupación era tratar de hacer escribir a sus alumnos?

- Si, es verdad; veo que no se mueve, pero, ¿estás seguro de que está muerto? –volvió a sonar la oscura voz.

- Si. ¿No lo ves?; ¡está bien muerto!. No se mueve ni respira. Vámonos ya, ¿qué hacemos aquí?. Se escuchó nerviosa la voz juvenil.

A Javier no le quedaban dudas sobre sus sospechas: esos hombres habían ido a matarlo. Tuvo entonces el impulso inmediato de levantarse, de rogar que no lo mataran, de ofrecerles dinero, de hacer algo; pero no pudo. Una fuerza desconocida y poderosa que parecía estar al margen de su voluntad se instalaba en su conciencia y en su cuerpo, tomaba el control de la situación y lo obligó a abandonarse e incluso a refugiarse en esa inmovilidad en la que había quedado. Pero claro, aún ahí tendido inmóvil, en absoluto silencio y apenas respirando, Javier no podía dejar de pensar; y mientras más pasaban los segundos (que parecían horas) él más pensaba, más se convencía de que iban a matarlo, de que todo se acabaría esa noche; y entonces se hacían insoportables la angustia de su corazón, el miedo a ver la cara de la muerte y el dolor que parecía iba a ser explotar su cabeza. Apenas si podía controlar el temblor de su cuerpo y las ganas de ponerse a gritar y echarse a correr… Pero no; no se puso a gritar ni se echó a correr y se quedó tendido. “¡No van a matarme!”, “¡no van a matarme!”, se repetía; “¡No si les hago creer que ya estoy muerto!”  Y se quedó quieto, inmóvil; dispuesto a defender su vida con el arriesgado recurso de hacerse el muerto. “¡Sí”!,” ¡sí!”, se decía, dándose valor. “¡Voy a hacerme el muerto!”, “¡voy a hacerme el muerto!”  Y ciego de desesperación y angustia, siguió ese arriesgado instinto; se entregó a él, aunque era tan terriblemente difícil hacerse el muerto en medio de tanto miedo, tanto dolor y sobre todo, en medio de tantas ganas de vivir que de pronto despertaron en él ahora que tenía tan amenazada la vida.

- ¿Qué pasa pichón, tienes miedo?, ¿te tiemblan las piernas? –dijo burlona la oscura voz mientras encendía un cigarrillo.

- No, no es miedo. ¿Lo hice no?, ya viste que sí puedo, está muerto. Pero alguien  puede venir ¿qué hacemos aquí?. –sonó muy nerviosa la voz juvenil.

- Es que no es así de sencillo pichón. No se trata de enfriar a un hombre en una esquina y salir corriendo, es mucho más que eso, para los que tenemos vocación. A ver muévelo; quien sabe aún está vivo y tienes que rematarlo –ordenó inapelable y burlona la oscura voz.

Luego de unos segundos de indecisión y silencio, Javier sintió unos pasos e inmediatamente unos zapatos duros y pesados tantear en su cuerpo, sobre su espalda, como moviéndolo o despertándolo; pero él siguió completamente entregado a su inmovilidad que siguió siendo absoluta.

- Nada, no se mueve. ¡Está muerto! –casi gritó contrariada la voz juvenil.

La angustia de Javier, que escuchaba inmóvil y con mucha atención lo que las dos voces se decían, era ya más grande que su dolor, era ya insoportable. Empezó a sentir un remolino de vacíos en el centro de su estómago; y un sudor frío le bañaba la frente, la espalda, las manos. Por momentos parecía ceder y entregarse a ese cóctel de desesperación, incertidumbre total y mucha angustia, crispado todo en la punta de sus nervios, a punto de estallar en un grito de terror o una loca carrera. Pero no. Resistía. Su instinto de supervivencia agazapado con seguridad en medio de todo, dominaba completamente la voluntad (y el cuerpo) de Javier y apostaba con absoluta decisión por la inmovilidad total como única posibilidad de salvarlo. Y en ese estado de absoluta quietud, pero también de alerta máxima de su atención y sus sentidos a pesar del miedo; Javier creyó percibir algo familiar, algo conocido, en la voz juvenil; como si la hubiera escuchado antes. Pero no era el momento para tratar de reconocer una voz, por supuesto. Javier sólo tenía tiempo y cabeza para quedarse quieto y hacerse el muerto, si quería vivir.

- Pues sí, así parece, que está muerto, que lo has matado. Muy bien pues, es hora  de reconocerlo entonces, de verle la cara a tu muerto. –sentenció la oscura voz.

- ¿Verle la cara?, para qué si sé que es él –aseguró la voz juvenil– lo reconozco por su ropa; siempre anda con la misma ropa. No tengo que verle la cara.

- Yo sé que es él, –dijo la oscura voz, siempre fría y terrible. Pero es tu primer frío y vas a verle la cara ahora que está muerto, ahora que tú lo has vaciado de vida; tómalo como un bautizo… Porque; una cosa es ser un sicario profesional por vocación y otra muy distinta ser un matón cualquiera; ¿y tú no quieres ser un matón cualquiera verdad?

-  No –dijo pasmada la voz juvenil, ya sin nada de nervios– yo quiero ser como tú.

Para Javier, que ya llevaba una eternidad tirado en el piso, el miedo era un líquido helado que podía sentir deslizándose por sus venas; y la angustia, la angustia era una nausea, una amarga y pastosa nausea en su boca; y no sabía cómo, cómo era posible que no intentara correr o se pusiera gritar y suplicar, mientras oía y sentía a alguien acercarse y casi enseguida introducir unos dedos extraños y agresivos en la maraña de sus risos negros y asirlo muy fuerte. Lenta pero decidida, la mano fue levantando la cabeza de Javier, volteándolo boca arriba y arrastrándolo hacia la luz; mientras él, paralizado, secuestrado por ese instinto que lo controlaba, simplemente se dejó llevar, se dejó arrastrar por la locura de defender su vida con el extremo recurso de hacerse el muerto… y fue el peor golpe de la noche: la cara que correspondía a la mano que tan malamente lo arrastraba de los pelos, (era la de…) …se fue acercando a la suya, hasta ponerse muy cerca. Y Javier, que tenía los ojos abiertos, ya lejos de su miedo, de su angustia y su dolor, se entregó a su papel de cadáver, se quedó flotando en el vacío... ¡Está bien muerto!, escuchó resonar desde muy lejos, desde el otro lado.

- ¡Está bien muerto! –dijo la voz juvenil ya sin rastro de miedo en la voz, dejando caer lo que había tenido en la mano.

- ¡Muy bien pichón, lo has hecho todo muy bien! Me siento orgulloso de ti  –sonó paternal la oscura voz, iniciando ya la retirada. ¿Así que quería que escribas un cuento sobre un asesino y te jaló porque no pudiste? –Preguntó iniciando la retirada.

- Si, y sí que es más fácil hacerlo que escribirlo –sonó lejana, volteando ya la esquina, la voz juvenil. Sólo hay que saberlo esperar y luego darle fuerte y sin dudar ¡pum! en la cabeza. El reloj de la iglesia dio las doce en punto de la noche.

Silencio.


FIN

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