BIENVENIDO

BIENVENIDO...

En este blog encontrarás cuentos, relatos, micro-relatos y breves aventuras literarias sobre temas diversos que sólo buscan abstraerte del mundo por 20 minutos. Disfrútalas.




martes, 26 de mayo de 2015

CUENTO: Mensaje en el parque de las flores

Ese día hacían treinta y ocho días (los tenía contados), que lo primero que hacía al regresar del trabajo no era sentarme sobre sus rodillas, darme un beso y jugar conmigo a las cosquillas, como antes hacía. Hacían treinta y ocho días que tampoco había vuelto a subirme sobre sus hombros y a sacarme a la calle en busca de un helado o una manzana con dulce. Últimamente, al llegar a casa, simplemente me daba una palmadita en el hombro o me sacudía suavemente el pelo de la frente y me decía con un tono entre serio y divertido: “¿cómo está, jovencito?”, y se encerraba en el estudio o en su cuarto. Por eso me extrañó que él mismo esa tarde, un poco después del almuerzo; me pusiera el abrigo, la chalina y el gorro de lana y anunciara con ese tono con que solía referirse a mí: “cierren las puertas y abran las ventanas que los hombres de la casa van a dar un paseo”.

Y salimos, presurosos y abrigados, a una tarde triste de un invierno triste de una Lima triste. Comenzamos a caminar despacio y yo volví a sentir otra vez, aunque más vivamente, con más intensidad, (quizá porque no pasaba hacía treinta y ocho días) su mano grande, cálida y delgada, acoger tiernamente la mía. Sin embargo, tan pronto nos internamos en la invisible lluvia, presentí que algo había de diferente esa tarde, que algo había de extraño en él, en su mano o en su silencio. Mientras caminábamos, sentía su mano como nerviosa, como embargada por una leve emoción; parecía como si quisiera reconocer y grabar en su memoria a través de su mano, la mía para siempre. Y así, callados, avanzamos, envueltos en invierno.

Yo tenía siete años entonces y él (aunque yo no lo sabía) cuarenta y dos. Era muy alto, era inmenso, de cara muy blanca y ojos buenos; y aunque detrás de su mirada amable parecía siempre dormir un enorme cansancio acentuado muchas veces por una tos y una respiración dificultosas; su voz era alegre, y me gustaba el tono entre serio y divertido con que me llamaba “jovencito”.

Después que pasamos la tienda de los chocolates, la señora de las manzanas con dulce y el mercadillo donde podíamos comprar fruta o galletas, ya no sabía a dónde íbamos; y él, de pronto tan callado, tan silencioso, no me decía ni preguntaba nada, como solía hacer otras veces. Intrigado y curioso, yo levantaba la mirada para verlo y lo veía caminar con demasiada seriedad, como algo preocupado. Tenía ganas de preguntarle ¿te pasa algo?, pero me conformaba con ver cómo trataba de acomodar sus largos pasos descoordinados con mis pasitos apurados; y en su perfil blanquísimo protegido de la lluvia por su sombrero negro, lo encontré de pronto tan distante, tan lejos de la lluvia, de mí y de la tarde. Sus ojos me decían que estaba muy triste. A ratos sentía su mano acoger con una ternura apremiante, fuerte, la mía; la apretaba dulcemente, la acariciaba; como queriendo hacer eterno ese momento, y mi pequeña mano se perdía, se perdía en la suya, grande y llena de amor.

De pronto llegamos al malecón, cruzamos el gran puente por donde en verano los deportistas entrenan corriendo y respirando el aire del mar, y nos sentamos en una banca del Parque de las Flores; tratando de rescatar, de entre la monótona niebla, el mar silencioso escondido en el gris que es el color del invierno. “¿Qué le parece jovencito?”, me preguntó de pronto. “¿Qué?”, le dije sin saber a lo que se refería. “El mar”, me dijo, y antes de que yo pudiera decir algo continuó hablando, “es pacífico, pero a veces despliega una gran violencia; es hermoso, pero también aterroriza; da vida y la quita. Es inmenso pero a veces una sola lágrima puede ser más grande que él”. Sentí que su voz era extraña, diferente, había algo de nuevo en ella; y hablaba sin mirarme “¿Y el parque, qué le parece el parque, le gustan las flores?”. Continuó como hablándole al mar, sin mirarme todavía. “La tarde es gris, el viento frío y la lluvia persistente; pero están las flores y sus colores, las flores nos recuerdan que saldrá el sol. Siempre sale el sol, siempre regresa el verano. Una tarde gris, un invierno crudo sólo nos avisan a través de las flores que detrás viene el sol, que no tarda el verano”. Me estaba hablando de una manera que no entendía, como nunca antes lo había hecho; era como si esa tarde sus palabras salieran de una parte de él que nunca antes me había mostrado, como si quisiera decirme algo que no tenía nada que ver con las cosas que me estaba diciendo, pero que sin embargo de esa única manera alcanzaba a comunicar, como un mensaje secreto que algún día desentrañaría pero que en ese momento apenas alcanzaba a percibir que era algo que no debería olvidar y nada más. Me quedé mirándolo sin comprender nada; él entonces volteó, me sonrió, se arrodilló sobre la hierba mojada frente a mí y me acomodó el abrigo, la chalina y el gorro de lana para que el frío no tuviera por donde entrar en mi pequeño cuerpo y ahora sí, me quedó mirando. Por un momento me pareció que estaba pensando en lo que en verdad quería decirme, como buscando las palabras para decirlo pero que luego, al momento de hablarlas, se transformaban en esas que salían de su boca. Como sin poder evitarlo, continuó hablando de esa manera tan rara. “Hay que ser como el mar, jovencito, pase lo que pase, siempre está allí. Sea usted como el mar –me miraba y acariciaba– llore y ría, ame y odie, pero viva, y mire las flores, siempre mire las flores, porque ellas nos recuerdan la vida”. Era casi misterioso escucharlo hablar de esa manera; no entendía nada de lo que me estaba diciendo aunque alcanzaba a comprender por algún lado que me estaba comunicando algo muy importante para mí y también muy importante para él; finalmente me sonrió una sonrisa que fue la más triste que le vi jamás y me dijo: “Yo sé que usted será un buen hombre, jovencito”, y calló.

Sentado en la banca con mis pies que no llegaban al piso, confundido y extrañado, miraba hacia donde estaba el mar sin saber qué hacer o qué decir; él, arrodillado frente a mí, me abrazó fuerte contra su pecho y pasó sus manos por mi cabeza con cierta incontenible emoción. Cuando me dio un beso, vi que estaba llorando.


* * *


Regresamos en silencio de ese extraño paseo, (me compró una manzana con dulce, de regreso) y mientras caminábamos a casa yo trataba de entender sin conseguirlo, esas palabras y esas lágrimas. En las semanas que siguieron, volvió a la palmadita en el hombro y al “como está jovencito”, cuando volvía del trabajo; pero yo veía cómo cada vez era más notorio el cansancio de sus ojos, cómo se acentuaba la palidez de su rostro. Un día dejó de ir a la oficina y caminaba con cierta dificultad, se veía muy débil; otro, dejó de levantarse de la cama, mientras en la casa desfilaban visitantes desconocidos, amigos preocupados y parientes que nunca había visto en mi vida. Hablaban bajo y callaban cuando me acercaba.

La casa se fue llenando de voces apagadas, de pasos sigilosos, de largos silencios y lágrimas escondidas de mi madre. Pasaron unos tres meses desde aquel inolvidable paseo al Parque de las Flores, cuando una mañana mi madre me arregló lo mejor que pudo dentro del estado claramente angustiado en que se encontraba y me dijo: “Tienes que ser fuerte mi amor”, y me condujo a la habitación a la que hacía semanas no me dejaban entrar. Entré solo y me quedé parado detrás de la puerta mirándolo sin saber qué hacer o qué decir; estaba impresionado por su palidez increíble, por su delgadez que asustaba. “Acérquese jovencito” me dijo, y su voz ya no era alegre, sólo se sentía un enorme cansancio en sus palabras. Me acerqué, y con unos dedos largos, finísimos, casi invisibles; empezó una larga y lenta caricia por mi cara. “Pequeño, pequeño –me dijo– no lo olvides, hay que ser como el mar, y en las tardes tristes y muy grises, hay que ver las flores...”. Sus ojos estaban apagados, distantes, sin el más mínimo brillo, y una lágrima más grande que el mar se deslizó por su mejilla; en ese momento comprendí que mi padre me había estado hablando de la muerte, entonces no supe qué hacer y sólo me puse a llorar.

FIN

elmer ernesto alcántara, Lima 1998




No hay comentarios:

Publicar un comentario