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En este blog encontrarás cuentos, relatos, micro-relatos y breves aventuras literarias sobre temas diversos que sólo buscan abstraerte del mundo por 20 minutos. Disfrútalas.




martes, 26 de mayo de 2015

CUENTO: El loco calendario y la danza del silencio

El personaje de esta historia, (completamente real y verificable), era conocido como “Loco Calendario” en la Unidad Vecinal Número Tres donde vivía allá por los años ochenta; y se hizo famoso por dos increíbles razones: porque a partir de un accidente de moto (que tuvo el día que cumplió diecinueve años) y que lo mantuvo en coma por veintiún días, era capaz de adivinar mentalmente y en segundos, qué día de la semana caía tal fecha de tal mes; del año vigente o de los años anteriores o posteriores que uno quisiera. Los que alguna vez formamos parte de esa popular Unidad Vecinal y lo conocimos bien, sabíamos que le costó mucho recuperarse de ese accidente casi fatal y que anduvo en muletas por mucho tiempo; pero finalmente su cuerpo sanó y se podía decir que físicamente estaba bien; aunque no había quedado bien del todo definitivamente. No era algo físico, era otra cosa. Desde que salió del coma, se podía claramente ver que algo nuevo había en él, algo raro. Tenía una sonrisa colgada todo el tiempo en su rostro, una expresión casi sacramental y sus ojos parecían mirar siempre más allá, muy lejos; pero no crean que era la clásica expresión estúpida que suelen tener los verdaderos locos. No, la suya era una expresión y una sonrisa de niño maravillado ante un dinosaurio que pasa volando. Además, ya recuperado, adquirió la indesmayable y testaruda costumbre de caminar y caminar la Unidad Vecinal todo el santo día como si fuera un trabajo. Metido en sí mismo, moviendo las manos extrañamente y con esa expresión que lo hacía tan especial, se hizo parte del paisaje de calles y parques de esa entrañable Unidad Vecinal; despertando a su paso la curiosidad de todos. Era común mientras caminaba, que mucha gente, sobre todo muchos muchachos, para comprobar su legendaria infalibilidad, se le acercara, calendario en mano, a preguntarle lo que él contestaba con su sonrisa eterna y la exactitud habitual que dejaba asombrados a todos. Ganándose el inobjetable apelativo por el que era tan conocido.

Y la otra razón que lo hacía tan famoso era la historia que contaba, (a los que teníamos el tiempo para persuadirlo que lo hiciera y escucharlo), acerca de “la sala de espera”, que fue donde anduvo, según él, esos veintiún días que estuvo en coma. Decía que cuando despertó, luego de perder el conocimiento producto del brutal accidente, estaba en una sala llena de una luz que salía del piso, sentado en un sillón junto a dos hombres a su izquierda. Aparentemente nada le había pasado, no estaba herido, nada le dolía; y frente a él (a él y a sus acompañantes en el sillón) había otro sillón igual con otros tres hombres que fueron entrando por una puerta, cada cierto tiempo, conforme fueron siendo llamados. En lo que duró la espera (no podía calcular cuánto porque estaba seguro que el tiempo pasaba diferente en ese lugar), mientras le llegó a él su turno de entrar por la puerta, decía que el hombre más próximo, un viejo de abrigo negro y sombrero, le dio cierta información sobre ese lugar y le contó además la historia de cómo él había ido a parar a esa sala. Le instábamos entonces llenos de interés y con muchos halagos a que contara la historia y entonces él, abandonando su conocida expresión, borraba momentáneamente su sonrisa, fruncía un tanto el ceño y como asumiendo otra personalidad e impostando notoriamente la voz; como si fuera el mismo viejo contando su propia historia, empezaba así, hablando en primera persona...

Yo salí a pasear, como era mi costumbre, por la parte vieja de mi ciudad, ese domingo por la tarde; y nada me hizo pensar que llovería de esa manera, que tan profusamente caería el agua mojándolo todo repentinamente y mojándome a mí, tan mal preparado para una lluvia de esa naturaleza. Era invierno si (la estación del año que más me gustaba para salir a caminar esos últimos años) y recuerdo muy bien que estaba bastante nublado ese día; hasta era de esperar que caiga una garúa que para ser sincero yo salía a buscar. Pero una lluvia así... Por lo demás: “la parte vieja de la ciudad”, cuánta melancolía acumulada en esas no más de ocho manzanas dejadas de lado hacía tiempo por la modernidad y el insensible mercado que desechan todo lo viejo sin mayor remordimiento. Cuánta vida ida, en esas calles angostas y alargadas, los últimos años casi abandonadas, apenas habitadas por esos pseudo-artistas noctámbulos y algunos excéntricos sin oficio que pululan por sus alrededores. Calles que se entregan resignadas y en silencio a su inexorable decadencia.

Pero bueno, la cosa es que hacía rato ya que me había adentrado por esas viejas calles por mi bastante conocidas pero igualmente inquietantes y siempre inesperadas, respirando ese aire cargado de recuerdos, esa atmósfera silenciosa que yo llenaba mentalmente con las voces y sonidos de cuando la vida pasaba por ahí y que en los últimos tiempos necesitaba desesperadamente revivir. Con qué ansiedad y predilección esperaba yo esas semanas que van entre el final del invierno y el comienzo de la primavera para salir los domingos por la tarde a caminar por lo que hacía tanto tiempo había sido mi barrio, mi casa, mis calles, y que en los últimos años era simplemente conocido así, con el triste calificativo de “la parte vieja de la ciudad”. Sin nada más que hacer, el resto del año me la pasaba sentado en mi viejo sillón de terciopelo mirando por la ventana, o fumando y leyendo, o fumando y escuchando la radio, o conversando con Amancio, mi gato; mi único compañero desde la muerte de Matilde, en mi departamento de jubilado de la parte nueva de la ciudad.

Aquella tarde iba despacio, no tenía ninguna prisa y fumaba con placer. Eran las calles de la niñez, de los juegos por las tardes, de paseos con mi padre, de tantos zapatos. Y yo caminaba como me gustaba hacerlo en esos inviernos: sin ningún apuro, con las manos en los bolsillos del abrigo, el sombrero en la cabeza, en la mente los recuerdos y el paquete de cigarrillos en el bolsillo izquierdo de la camisa, junto al corazón, donde a flor de piel iba la melancolía. Pero empezó de pronto esa lluvia casi catastrófica y en un instante tuve empapada la cabeza y el agua empezaba rápidamente a colarse por mi espalda. Necesitaba con urgencia un techo que me acoja en medio de esa lluvia que caía con tal violencia que parecía tener intenciones destructivas y empezaba a asustarme a tal punto, que se precipitó en sacudidas violentas mi corazón… cuando de pronto, un teatro abierto, una función barata y la posibilidad de una cómoda butaca donde refugiarme, secarme un poco el pelo y esperar a que la lluvia pase. Entré.

Era un teatro que extrañamente yo no conocía, me sonreí al pensar “es nuevo”, cuando precisamente lo que más llamaba la atención era su antigüedad. Parecía incluso más viejo que la parte vieja de la ciudad que ya de por sí era muy vieja. Era altísimo y profundo, apenas iluminado y con ese aire a eternidad que tiene todo lo muy viejo. Mojado y azorado caminé por el pasillo de ingreso; di temerosamente unos pasos para acercarme a las butacas y me estremecí cuando éstos sonaron graves e insondables; en un eco casi cavernario, rebotaron, se magnificaron y se perdieron entre los rincones de esas vetustas paredes. Estoy ante un monstruo del tiempo, pensé. Se respiraba a antiguo embriagadoramente.

Ya instalado cómodamente en una butaca, mientras me secaba el pelo con mi pañuelo (y después de sobreponerme de esas dos grandes sorpresas en una misma tarde: esa lluvia de otro mundo y encontrarme ante algo así de viejo y magnífico en una parte de la ciudad que yo creía más que conocida), pensé que debía tratarse de uno de esos artistas en ciernes que son estudiantes de arte por las mañanas y mozos de restaurante por las tardes en la parte nueva de la ciudad; y que montan su “personal” los fines de semana en la parte vieja para esa élite underground que suele vestirse de negro y gustan de lo gótico y tenebroso. Pero bueno qué iba a hacer, nada era peor que estar a merced de la lluvia de afuera que por un instante me dio miedo, y me dispuse a entregarme sin mayor resistencia a lo que fuera que ese teatro que parecía salido de los confines del tiempo, iba a ofrecerme. Por lo demás la sala estaba vacía, yo era el primero en entrar, así que aproveché para instalarme en primera fila y no perderme ni un detalle de la función que el letrero de afuera anunciaba como “la última”, y que consistía en “actos de magia nunca antes vistos” a cargo de una “artista universal” llamada “Al Etreum” (mi ignorancia me hizo pensar que sonaba a francés).

Una vez seca mi cabeza y ya mucho más tranquilo, prendí un cigarrillo para esperar, y mientras esperaba me di cuenta que una rara música llegaba de algún lado. Era una música apenas audible pero muy definida y también con ese sabor a muy antiguo, como todo lo demás en ese lugar. Sin nada más que hacer me dejé estar y fumé con placer y cierta avidez; y fue entonces cuando una maravillosa tranquilidad me fue ganando poco a poco, era una suerte de relajamiento de músculos y tensiones que parecía provenir de todo eso: de ese lugar, de esa música, del cigarrillo que me abrigaba, de ese embriagador olor a antiguo. Sí, mi cuerpo se fue aflojando hacia una suerte de delicioso abandono, de sublime embriaguez; y no me di cuenta del momento en que la artista salió al escenario. Simplemente apareció allí, y se ganó completamente mi atención desde el momento en que la vi. Era una mujer muy rara, como generalmente son los que se dedican al arte de la magia, que es el arte de la mentira: su cara era blanquísima y extremadamente inexpresiva, sus ojos profundos como dos huecos oscuros y vacíos, su pelo negro perfectamente compartido caía mansamente sobre sus hombros, y sus manos de dedos largos y finísimos aparecían bajo una gran túnica blanca que escondía un cuerpo que se adivinaba tremendamente descarnado.

Sin decir nada empezó su acto con una leve inclinación. De pronto, sus brazos comenzaron a moverse en círculos, como las hélices de un helicóptero y de la nada aparecieron muchos naipes entre los dedos de sus manos, los enseñó y los tiró al aire: se convirtieron en palomas de colores que aletearon en silencio y se perdieron por los rincones. Luego hizo llover flores azules, en cantidades increíbles, como para rebalsar toda la sala, pero las flores desaparecían al tocar las tablas del escenario, (o no había tablas y las flores se iban por un hueco, ¿pero entonces dónde pisaba ella, que la sostenía?). Cuando cesaron de caer, sobre el escenario no quedó ninguna: desaparecieron como aparecieron.

A pesar de lo maravilloso de esos dos números iniciales que francamente me asombraron, a mí lo que más me maravillaba era su manera de desplazarse por el escenario; lo hacía como sin moverse. Todo lo hacía con una cierta levedad, con una extraña forma fantasmal que sus movimientos eran realmente imperceptibles; estaba aquí y de pronto allá, sus brazos caídos sobre sus muslos y de pronto rotando en círculos; era como si se me escapara por un instante lo que hacía, como si yo cerrara los ojos sin darme cuenta por un segundo y al abrirlos, ella ya estuviera en otra cosa; pero yo estaba allí, concentrado en lo que hacía, con los ojos bien abiertos. Después, hizo un número con una sábana: la hizo flotar extendida en el aire inexplicablemente, luego se paró sobre dos filosos cuchillos sin hacerse daño. Y entre cada número iba realizando esa especie de danza, una danza que me iba adormeciendo, aletargando o hechizando, no sé, pero a veces ya no me sentía, me parecía que flotaba como ella, etéreo, al ritmo de su danza sin música, la danza del silencio. Estaba maravillado, llegué a pensar que estaba soñando, que en algún momento de la función me había quedado dormido y todo no era más que un sueño. Era una artista realmente buena.

Pero lo increíble llegó cuando se fue elevando en el aire; lentamente fue recogiendo las piernas hasta quedar en esa posesión de los místicos orientales: con las piernas recogidas y cruzados, las manos posadas sobre las rodillas y la espalda recta; y así, en plena levitación, sentada en el aire a un metro del piso, dio las gracias. Me paré y empecé a aplaudir, esperé escuchar entusiastas y merecidos aplausos pero no escuché nada. Miré atrás y vi que estaba solo, que yo era el único en la sala; entonces aproveché y emocionado me acerqué para preguntarle cómo hacía eso, dónde estaba el truco. No hay truco, me dijo sin abrir la boca y un escalofrío recorrió mi cuerpo y se aceleró, agitado, mi corazón. ¿Quién eres? le pregunté invadido por un miedo frío. No me contestó y puff se esfumó ante mis ojos. El ritmo de mi corazón se hizo incontrolable y se desbocó; empezó a dolerme. Asustado salí corriendo y de reojo me vi dormido en la butaca, envuelto por el humo espeso de mi cigarrillo que se consumía sólo en mi mano inerte. Afuera llovía más fuerte, pero a mí la lluvia ya no me mojaba y fue cuando me desmayé. Cuando volví a abrir los ojos estaba aquí, en esta sala.


* * *


Una vez que terminaba de contar esa extraña historia, el “Loco Calendario” callaba, cerraba los ojos y de a pocos iba volviendo a ser el mismo; su eterna sonrisa y su expresión ida y lejana volvían lentamente a tomar su cara y como niño ruborizado bajaba los ojos incómodo. Pero hay que agregar algo a ésta historia para terminar de contarla. Primero que no era extraño solamente que el “Loco Calendario” la contara así, con esa voz, con esa expresión, imitando al viejo del abrigo y como poseído por él; sino que la contara todo el tiempo igual; quiero decir, exactamente igual, palabra por palabras como una grabación o una copia; y además, que la contara absolutamente convencido de que era cierto; incluso explicaba que ese lugar lleno de luz era donde se espera el veredicto final, después de haber “bailado con la muerte”(así decía él); para ver si nos corresponde el reinos de Dios, el del demonio o regresar todavía a este mundo con alguna misión. Tengo que decir también que no era fácil hacerlo hablar de este tema, era evidente que no le agradaba nada y nos costó mucho trabajo hacerlo hablar las pocas veces que lo hizo. Teníamos que acercarnos con bromas y gracias que lo hacían reír; lo convencíamos de que éramos sus mejores amigos, nos ganábamos su confianza con ciertas mentiras y promesas imposibles de cumplir y lo llevábamos al parque, lo sentábamos en una banca y todos a su alrededor lo íbamos llevando de a pocos a donde queríamos llegar y entonces se transformaba, asumía esa postura enajenada y empezaba a hablar como el viejo del abrigo.

¿Y tú cómo llegaste a la sala de espera?, le preguntábamos interesadísimos y entonces nos contaba cómo esa mañana fatal cruzaba la ciudad en su moto muy apurado y ansioso hacia el Instituto. En un semáforo en rojo de esos que duran mucho tiempo y donde aprovechan los malabaristas callejeros para hacer su número frente a los carros y pedir propina, se detuvo pensando en que llegaría tarde y de pronto había ahí, entre los malabaristas, una mujer flaquísima con una túnica blanca y unos ojos hundidos como huecos negros que empezó a hacer unos número fantásticos que casi no lo podía creer y que llamó inmediatamente su atención. Era maravilloso lo que hacía, era como una danza, -decía el Loco Calendario-; y todo, de pronto, se fue perdiendo en el silencio y quedando atrás, y ella danzando sólo para mí que la observaba maravillado, cautivado por la magia de su arte maravilloso cuando de pronto puff se esfumó ante mis ojos, … y yo no sé si el semáforo estaba en rojo o verde o cuánto tiempo había pasado; yo simplemente aceleré, asustado aceleré; y fue cuando vino el carro embalado y me arrolló. Perdí el conocimiento en el acto y cuando desperté estaba en esa sala con esos hombres.

Las preguntas se caían de maduras cuando nos dejaba llegar hasta éstas instancias de su increíble historia y no podían ser otras: ¿Qué había detrás de la puerta?... ¿qué viste cuando te tocó entrar, quién estaba ahí?; ¿qué pasó, por qué regresaste?, lo inquiríamos excitadísimos todos como a puertas de descubrir un insondable misterio. Pero él inmediatamente volvía a ser el “Loco Calendario” de siempre; se metía en sí mismo, se encerraba en un infranqueable silencio del que no lo sacaba nadie y movía y movía frenéticamente las manos y ponía los ojos y la cara como a punto de llorar. Entonces era el momento de dejarlo solo.



FIN


elmer ernesto alcántara, Lima 1996



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