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jueves, 2 de abril de 2015

RESEÑA: Tolstoi, Nietzsche y una noche de insomnio


Cuando alguien tiene un poco de tiempo, y decide hacer esas cosas que siempre quiso hacer pero que nunca hizo por falta precisamente de tiempo; se pueden dar coincidencias muy singulares y hasta provechosas. Lo digo porque me ha sucedido a mí, hace poco; cuando con un poco de tiempo libre a mi disposición, me decidí por releer, todas las mañanas, cuentos que había leído hace mucho tiempo y además; por las tardes, por tratar de entender a Nietzsche, de quien leí un par de libros hace muchos años, quedando impresionado con sus ideas incendiarias y sus pleitos con Dios. Así que, releyendo a Tolstoi me encontré otra vez con su gran cuento La muerte de Ivan Ilich; un cuento muy interesante para los que quieren aprender a contar cuentos pues parece contradecir todas las reglas propias del género y salirse de los parámetros del cuento; sin embargo, no pretendo hablar aquí de cómo Tolstoi cuenta su cuento; sino sobre Ivan Ilich, su personaje; y a partir de él, hablar también sobre su familia, su entorno, su clase social, su país; y si, como me sucedió a mí, en una noche de insomnio, lo combinamos con Nietzsche; puede que terminemos hablando de la humanidad entera; de mí y quizá hasta de ti… y todo sólo con un poco de tiempo.

Pero bueno, empecemos hablando de Ivan Ilich, el personaje de Tolstoi. Ivan Ilich vive en la Rusia de fines del siglo XIX; es un abogado que trabaja para el Estado desempeñando diversas funciones públicas. Como se recordará, la Rusia de fines del siglo XIX era un país atrasado, pre-industrial y eminentemente campesino; estaba gobernada por los Zares, cuyo poder descansaba sobre cuatro pilares: la nobleza, el clero, el ejército y la burocracia; y del otro lado teníamos a la inmensa mayoría: los campesinos empobrecidos que vivían en estado de servidumbre. (Se dice que por esa época Rusia tenía 120 millones de habitantes de los cuales 100 millones eran campesinos pobres). Ivan Ilich no era noble ni tampoco campesino; él pertenecía a la burocracia. Una burocracia inútil, paquidérmica y probablemente muy costosa, pero necesaria para mantener la estructura social y política de la Rusia de entonces. Tolstoi nos cuenta: “…Ivan Ilich era el fénix de la familia, como lo solían llamar. Ni tan frío ni tan correcto como su hermano mayor, ni tan aturdido como el tercero. Ocupaba el justo medio entre ambos: inteligente, vivaracho, agradable y formal. Estudió en la escuela de Jurisprudencia (…) En la escuela era ya lo que debía ser toda su vida: un hombre hábil, alegre, comunicativo, y que desempeñaba severamente lo que consideraba su deber…”.  Y en la medida que avanzamos en la lectura del cuento, vemos que es así; Ivan Ilich va por la vida juiciosamente, moviéndose con mucho tino, mucho cálculo y sobre todo con mucho sentido de la conveniencia. Con la ayuda de su padre consigue su primer trabajo muy joven, en el cual “…logró crearse una situación fácil y agradable, (…) hacía su carrera, y al mismo tiempo se divertía de modo conveniente. Manteníase dignamente ante sus superiores o subordinados, desempeñando con exactitud y honradez incorruptibles las funciones de que estaba encargado…”. Tolstoi continúa “…A pesar de su juventud y de su tendencia a las ligeras distracciones era muy reservado en lo oficial y hasta severo en los asuntos privados del trabajo; pero en las relaciones comunes era siempre alegre e ingenioso, siempre servicial, correcto y buen muchacho, como decían de él su jefe y la mujer de su jefe…” A la edad conveniente, por ejemplo, Ivan Ilich se casa. ¿Podríamos decir que lo hizo porque ardió en su corazón el fuego del amor y la pasión y quiso juntar su vida para siempre con la de su amada? No, Ivan Ilich se casa porque cree que es lo que debe hacerse a cierta edad, porque su joven prometida es de una familia bien posesionada socialmente, pero sobre todo porque eso lo haría verse muy bien ante los ojos de sus superiores. Tolstoi nos cuenta “…Prascovia Feodorovna pertenecía a una buena y noble familia, y disponía de una pequeña dote. (…) Además estaba bien emparentada, era graciosa, linda, una mujer, en fin, completamente comme il faut. Ivan Ilich se casaba con ella por dos consideraciones: primero porque era cosa agradable adquirir semejante esposa, y segundo porque las personas de alta posición lo encontraban razonable…” Sí, así va el buen Ivan Ilich por la vida; su primer año de matrimonio fue muy bueno. Tolstoi lo describe: “…El proceso mismo del matrimonio y de la primera época de vida conyugal –con las caricias matrimoniales, los nuevos muebles, la vajilla nueva, la nueva ropa blanca– hasta la preñez de su esposa, pasáronse muy bien. De manera que Ivan Ilich comenzaba a creer que, su vida agradable, fácil, alegre, siempre decente y aprobada por la sociedad, no sólo no sería turbada por el matrimonio, sino embellecida más bien…” Pero lamentablemente para él, las cosas no continuaron así; su esposa, en los últimos meses del embarazo, empezó a cambiar “…hízose celosa, exigió de él los más solícitos cuidados, halló que replicar a todo…” “…Al principio, Ivan Ilich aparentaba ignorar el mal humor de su esposa; continuaba la misma existencia agradable y regular; invitaba a que fueran a su casa sus amigos; jugaban allí a las cartas; procuraba ir al círculo o a casa de sus conocidos…”.

Pero una vez que la primera hija de Ivan Ilich nació, Prascovia Feodorovna su esposa no retornó a mostrar los encantos que había mostrado antes del matrimonio; sino más bien se veía muy dispuesta a domesticarlo y a someterlo a sus caprichos; en casa le hacía la vida muy difícil; Ivan Ilich empezó entonces a refugiarse en su trabajo “…Era el trabajo la única cosa que imponía a Prascovia Feodorovna, y su trabajo y las exigencias que de él resultaban escogió como medio de lucha para reconquistar su independencia. Muy pronto, apenas un año después del matrimonio, Ivan Ilich comprendió que la vida conyugal, si bien ofrecía algunas comodidades, era, en suma, un asunto bastante complicado y difícil (…) y para llevar una vida digna y aprobada por la sociedad, se hacían necesarias ciertas relaciones determinadas, como en el trabajo. Y fueron las que estableció Ivan Ilich. No exigió de la vida familiar sino las comodidades de una comida en su casa, de una buena cama, de cierto orden y, principalmente, las conveniencias exteriores, exigidas por la opinión pública. En todo lo demás sólo buscaba una alegría exterior, y, cuando la encontraba, sentíase agradecidísimo…”

Y así tenemos entonces, luego de unos años, a un Ivan Ilich ya maduro que llega a ser Procurador del Palacio de Justicia, fiel esposo y amoroso padre de dos hijos; quien ha sabido además, en pro de la convivencia, las buenas costumbres y sobre todo ante los ojos de la alta sociedad, ceder posiciones ante las intransigencias de su esposa y adecuarse sin mayor problema a esa situación; y a partir de ahí construyó una vida que él llamaba decente, moderada y moralmente impecable. Tolstoi lo describe así: “…hacía todo con manos limpias, camisa limpia y en buen francés, principalmente en la alta sociedad y, de consiguiente, con aprobación de los personajes más elevados (…) En general, su existencia era tal como debía ser, con arreglo a sus creencias: fácil, agradable y digna. Se levantaba a las nueve, tomaba café, leía la prensa, vestía su uniforme de media gala e íbase al Palacio…” Si acaso tenía un pasatiempo inofensivo en el que solía distraerse con sus amigos, era un juego de cartas llamado whist. Tolstoi continúa: “…Confesaba que, tras las contrariedades de la vida, su puro placer era organizar una partida de whist (…) jugar de manera inteligente, con cartas favorables. Cenar después y beber un vaso de vino. Eh ahí sus alegrías personales. De consiguiente, Ivan Ilich íbase a la cama en las mejores disposiciones después de una partida en que ganara moderadamente, porque ganar demasiado no le agradaba…”.

Y bueno, como suele suceder, aún con las personas más decentes y moralmente impecables; a los cuarentaicinco años, sin una razón aparente, Ivan Ilich enfermó de algo que no se sabía bien (que nunca se supo) qué era. Visitó muchos médicos tratando de curarse de esa rara enfermedad; pero finalmente, luego de una penosa agonía de días, murió.

* * *

El resumen que he tratado de hacer del cuento de Tolstoi no está, por supuesto, a la altura del mismo; pero da una idea de cómo vivió y cómo murió Ivan Ilich; un hijo de su tiempo, un representante de su clase. Y así como él, posiblemente había miles y quizá millones de personas en la Rusia de ese tiempo. Pero además, si miramos desde una perspectiva más amplia y consideramos al hombre en su verdadera y más profunda naturaleza. Si pudiéramos sacudir las superficialidades externas y meramente accidentales, las modas pasajeras con que los tiempos suelen cubrir a las generaciones, podríamos tranquilamente decir que, esencialmente, Ivan Ilich es también como nosotros; porque; ¿quién no, al igual que él, busca, principal y casi exclusivamente, el éxito profesional, la ascensión social, el dinero?; ¿quién no tiene su moral de bolsillo, sus pequeñas maldades que rumia sobre la almohada en la oscuridad; sus pequeñas bondades que dosifica con austeridad y mucho cálculo?… y es ahí donde entra a tallar nuestro buen amigo Nietzsche.

Porque toda la filosofía de Nietzsche es precisamente eso: una mirada profunda y una crítica feroz e implacable a los hombres decentes, a los hombres moralmente impecables, a los buenos. Nietzsche es un látigo que azota a una humanidad hace mucho tiempo y por muchas razones (que él expone con brillante lucidez) echada a perder.

Yo no soy un experto en Nietzsche, pero lo he leído; y en las páginas de sus libros se puede claramente descubrir como él considera que fueron ciertos momentos y épocas específicas, o personajes influyentes de la historia, los que echaron a perder a la humanidad (entre ellos, por ejemplo Sócrates); pero sobre todo orienta su artillería pesada contra lo que considera la peor plaga que le podía haber ocurrido a la humanidad: el cristianismo.

Ahora, muchos se preguntarán; ¿por qué el cristianismo, una doctrina que proclama el amor al prójimo, vendría a ser la peor plaga que le ocurrió a la humanidad? Para responder esta pregunta y entender el planteamiento de Nietzsche, habría que regresar a los albores de la humanidad. (Todos sabemos que en los albores de la humanidad –unos 3,000 años atrás–; los hombres, en diversas partes del mundo –China, Egipto, Grecia, Roma, etc.– empezaron a  formar culturas diversas; pero como la cultura occidental se nutrió especialmente de tres: la romana, la judía y sobre todo la griega; Nietzsche considera principalmente la griega). Él cree que hasta antes de Sócrates, los griegos había seguido un desarrollo saludable y natural, acorde con lo que el hombre era entonces: un animal sano y libre, que seguía con inocencia y espontaneidad sus genuinos instintos vitales y dejaba que la vida fluya en él en toda su diversidad. Pero fue por influencia de Sócrates que los griegos toman un camino equivocado. Si revisamos la mitología griega a través de la cual ellos se explicaban el mundo, veremos que consideraban al hombre en toda su multiplicidad; así por ejemplo, entre sus muchos dioses, tenemos a Apolo, el Dios de la serenidad, de la armonía, de la racionalidad, y también a Dionisios, el Dios de los instintos, del erotismo, de las fuerzas irracionales, de la afirmación de la vida; y estos dioses que representaban las diversas e incluso opuestas fuerzas y potencialidades que bullen en el centro mismo de lo humano, eran valorados por igual, considerados al mismo nivel. Pero a partir de Sócrates y por influencia de él, se apuesta exclusivamente por Apolo, es decir por la racionalidad; y se empieza hablar de una Esencia o un Ser, con características de universal y eterno; de algo absoluto, perfecto e inmutable del cual proviene todo, y sobre todo la Verdad; y entonces se reniega de Dionisios y las fuerzas que éste Dios representa son consideradas falsas, oscuras, de las que hay que renegar. Luego viene, aprovechando el terreno que había abonado Sócrates, el cristianismo y con el cristianismo, dice Nietzsche, triunfa la moral de “los esclavos”, de los resentidos, de los perdedores, de los malogrados; ¿y por qué el cristianismo es la moral de los esclavos y los resentidos?; lo es porque nació, se consolidó y se expandió primero entre los miserables, los enfermos, los sometidos; pero sobre todo porque promueve valores como la obediencia, el sometimiento, la humildad, la sumisión, la compasión; todos valores propios del rebaño y que socaban las fuerzas vitales del hombre; y de los resentidos porque está en contra de todo lo elevado, lo fuerte, lo singular, lo sobresaliente en el hombre y más bien trata de hacer de él oveja y rebaño. Introduce además el cristianismo uno de los conceptos más enfermizos y nefastos en la historia de la humanidad: el de pecado, del cual luego deriva la culpa; y además inventa “el mundo del más allá”, “el mundo por venir”, en oposición del único mundo real con el que el hombre cuenta: la tierra y su cuerpo en ella. De esta manera la religión de los esclavos, de los perdedores, de los débiles y resentidos se impone porque tiene “al gran número” de su lado, a la masa, a la muchedumbre; y al imponerse en la historia, queda de lado lo que Nietzsche llama “la moral de los señores” que no es más que la moral de los hombres fuertes, de las individualidades poderosas, de los hombres saludables y superiores, la moral de la exigencia de lo elevado y de la afirmación de las fuerzas vitales. El cristianismo se convierte de esta manera en el principal enemigo de las fuerzas vitales del hombre, de los instintos y del cuerpo (todo lo que los griegos representaban con el dios Dionisios); y de alguna manera lo castra, lo convierte en un ser temeroso (de Dios, del infierno), enfermo (de culpa y de pecado), que reniega de su cuerpo y de sus instintos. Hay un ejemplo que Nietzsche pone sobre éste tema: en La Biblia (Marc. 9,47), se puede leer: “si tu ojo te escandaliza, arrójalo de ti. Mejor te es entrar con un solo ojo en el reino de Dios que tener los dos ojos y ser arrojado al fuego del infierno”; aquí se puede ver claramente el desprecio que el cristianismo tiene y promueve por los sentidos a los que considera malos y pecaminosos por sí mismos. Nietzsche por el contrario dice: “…¿Os aconsejo yo matar vuestros sentidos? Yo os aconsejo la inocencia de los sentidos. ¿Os aconsejo yo la castidad? La castidad es en algunos una virtud, pero en muchos es casi un vicio…”. De esta manera el cristianismo se convierte en una religión antinatural porque impone leyes e imperativos que van en contra de los instintos primordiales de la vida. Con mayor precisión, Nietzsche nos dice: “…Al cristianismo no se le debe adornar ni engalanar: él ha hecho una guerra a muerte al tipo superior de hombre, él ha proscrito todos los sentidos fundamentales de ese tipo de hombre. (…) El cristianismo ha tomado partido por todo lo débil, bajo, malogrado, ha hecho un ideal de la contradicción a los instintos de conservación de la vida fuerte; ha corrompido la razón incluso de las naturalezas dotadas de máxima fortaleza espiritual al enseñar a sentir como pecaminosos, como descarriadores, como tentaciones, los valores supremos de la espiritualidad…” … “…El cristianismo quiere animales hombre domesticados; su medio es ponerlos enfermos; enfermarlos de pecado. El debilitamiento es la receta cristiana para la doma del animal hombre…”.

Es por eso que Nietzsche proclama “la muerte de Dios” (que no significa que Dios haya existido y luego haya muerto, lo cual sería un absurdo), que significa la muerte de todos los viejos valores sobre los cuales el mundo occidental ha sido construido, porque no han sido una respuesta a las necesidades humanas de felicidad, de placer sin culpa, de un disfrute saludable y pleno de la totalidad de la vida; porque estos viejos valores tampoco han propiciado (incluso han conspirado en contra de) una evolución sana y natural que lleve al hombre a un estadio de desarrollo más elevado y superior. Entonces Nietzsche propone el “superhombre” u hombre nuevo, que aparece tras la muerte de Dios; y éste hombre nuevo, que está por encima del racionalismo socrático, de las religiones que proclaman un Dios y un más allá y de la moral de los esclavos; este superhombre ya sanado y limpio, libre de todo eso con que los siglos anteriores cargaron su conciencia con el fin de doblegarlo y domesticarlo; ése hombre nuevo, será el creador de los valores nuevos, que serán los valores para una vida nueva y un mundo nuevo.

Las ideas y planteamientos de Nietzsche son el intento más radical por regresar al hombre a sus verdaderos orígenes y a su verdadera naturaleza, a sus instintos más primordiales; por rescatarlo de todo lo falso, erróneo y torcido con lo que ha sido abrumado a lo largo de la historia… Pero, regresando por donde comenzamos: ¿qué tienen que ver las ideas de Nietzsche con el cuento de Tolstoi, con Ivan Ilich, al margen de que fueron contemporáneos? Tienen que ver en el sentido de que: por cómo vivió Ivan Ilich, podemos decir que es un perfecto ejemplo de hombre castrado, de un hombre domesticado; de alguien que vive más pendiente de las leyes y convenciones sociales y morales, que de sus imperativos más íntimos y personales. Es un hombre que sin preguntar ni cuestionar nada, se somete humilde y obedientemente a las leyes de la moral, la costumbre y el qué dirán y prefiere traicionarse a sí mismo que a esas leyes. Ivan Ilich es un perfecto ejemplo de hombre que hace “lo que se debe hacer”; pero Nietzsche nos dice: “…¡No es vuestro pecado, es vuestra moderación lo que clama al cielo, vuestra mezquindad hasta en vuestro pecado lo que clama al cielo…

Por cuestiones de espacio, no es posible destacar todas las situaciones, escenas y momentos en los que podemos ver, a lo largo del cuento de Tolstoi, cómo todos los personajes que desfilan por él, son en esencia, iguales a Ivan Ilich. Vemos por ejemplo a sus amigos y colegas, cuando reciben la noticia de su muerte; ninguno se duele sinceramente de él, ni siente en verdad su muerte y lo echa de menos; la primera reacción en todos ellos (que no lo exteriorizan, claro), tiene que ver con la plaza en el Poder Judicial que queda vacante, y en cómo aprovecharla a su favor. Se incomodan además porque tendrán que dejar la comodidad de sus casas e ir a dar las condolencias y asistir a la misa de réquiem, vemos claramente como cumplen con los ritos que los hacen buenos, que los hacen decentes, que los hacen moramente impecables; pero no los vemos ser buenos, ni decentes. Tenemos también a Prascovia Feodorovna, quien de luto riguroso y pañuelo en mano para limpiarse constantemente las lágrimas recibe a los amigos de la familia para la misa de réquiem; se mostraba como una viuda sufriente y dolida pero semanas atrás, cuando Ivan Ilich estaba en las garras de su enfermedad, le deseaba en silencio la muerte, aunque al mismo tiempo y también para cumplir con los ritos de “buena esposa”, es decir, con los ritos de buena, de decente, de moralmente impecable, lo atendía con fastidio. Incluso vemos a la hija de Ivan Ilich: Katia, fastidiada con la enfermedad de su padre, egoísta, pero que cumple también con los ritos de buena hija.

Es por ello que resulta conmovedor ver a Ivan Ilich, en los últimos días de su vida, cuando empieza a ser consciente de que la muerte le está pisando los talones, y cuando está solo consigo mismo se preguntaba “…quizá no haya vivido cual debía. Más, obré siempre como era preciso obrar…”. Ivan Ilich sabía que ya nada se podía hacer, pero se preguntaba “…¿por qué, por qué todo este horror? Y no encontraba respuesta. Y cuando le ocurría pensar –y ocurríale a menudo– que todo sucedía porque no había vivido como debiera, al momento recordaba la formalidad y regularidad de su vida, y otra vez rechazaba aquel extraño pensamiento…

En las postrimerías de su vida Ivan Ilich pensó mucho, Tolstoi lo cuenta mejor: “…Y las ideas que antes le parecían inadmisibles fijáronse en su cerebro: aquello podía ser cierto, podía no haber vivido como debía. Ocurriósele la idea de que sus intentos, apenas perceptibles, de lucha contra lo que los demás hombres de alta posición consideraban lícito, que aquellos intentos de que en seguida se desembarazaba, podían ser la única cosa buena de la vida; que lo demás era lo que no debía ser. Tumbóse boca arriba, y a continuación analizó su vida pasada de un modo diferente…”. Tolstoi continúa “…Cuando por la mañana vio al lacayo, luego a su mujer, a su hija, al médico, cada movimiento de aquellas personas, cada palabra por ellos pronunciada, fue una confirmación de la terrible verdad de la noche. Se veía en ellos, claramente lo notó: que nada de aquello era lo que debía ser, que todo resultaba horrible, una mentira enorme, que velaba vida y muerte. Tal sensación hacía desfallecer sus fuerzas físicas (…) Todo lo que me ha mantenido en la existencia es mentira, engaño que oculta la vida y la muerte. Y en cuanto pensó esto despertó el odio, y con él los terribles sufrimientos y la conciencia de una muerte próxima e inevitable…”, como vemos, a pesar de haber cumplido con todos los ritos que hacen a un hombre bueno Ivan Ilich murió en medio de un gran sufrimiento y terribles dudas, con la sensación de que la vida, la verdadera vida, iba por otro lado.

Y bueno, me parece que no hay mejor manera de terminar esto que comenzó una noche de insomnio, que con éstas palabras de Nietzsche, escritas en el prólogo de su libro “El Anticristo, transvaloración de todos los valores”: “…Oídos nuevos para una música nueva. Ojos nuevos para lo más lejano. Una conciencia nueva para verdades que hasta ahora han permanecido mudas (…) El respeto a sí mismo, el amor a sí mismo; la libertad incondicional frente a sí mismo. ¡Pues bien! Sólo ésos son mis lectores, mis verdaderos lectores, mis lectores predestinados: ¿Qué importa el resto? El resto es simplemente la humanidad. Hay que ser superiores a la humanidad por fuerza, por altura de alma, por desprecio…


elmer ernesto alcántara
Trujillo, marzo del 2013





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