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jueves, 2 de abril de 2015

RESEÑA: La odisea de todos los días en un día


Después de dos intentos fallidos (en el 2002 y el 2006), he leído completo, por fin, el Ulises de James Joyce. Esta novela-monstruo, como lo llamó alguna vez su propio autor, es la crónica de un solo día: del 16 de junio de 1904 en Dublín, Irlanda. Sus casi 900 páginas empiezan a las 8 de la mañana de ese 16 de junio con Stephen Dedalus, uno de sus protagonistas, sobre la torre Martel donde vivía con unos amigos (en los tiempos de Napoleón, construyeron esas torres circulares de protección a lo largo de la costa irlandesa, desaparecida esa amenaza, las rentaban barato a quien quisiera alquilarlas) y desde donde se contemplaba el mar color “verde-moco” que baña las costas de Dublín…;y termina a las 2 de la mañana del día siguiente, con el monólogo de Molly Bloom, esposa de Leopold Bloom, el otro protagonista.

Las sensaciones que me ha dejado leer este monumento de la literatura universal (además del inmenso placer que ha sido zambullirme en sus páginas) son múltiples y variadas. Primero que nada, me ha maravillado porque la historia que refiere no es una de esas donde el protagonista enfrenta un aciago destino que a costa de esfuerzo, fe y algo de fortuna, logra torcer a su favor (como es el caso de La Odisea de Homero, que cuenta las avatares de Ulises, quien luego de pelear en la guerra de Troya regresar a casa. Demora veinte años en hacerlo, viviendo en el camino un sinfín de aventuras y desventuras; historia ésta de Homero que, además, sirve como referencia a la de Joyce). Tampoco es una de esas historias donde dos amantes enamorados vencen el tiempo, las distancias y los contras de una vida que se empeña en separarlos y terminan viviendo un amor que ha sobrevivido a todo y a todos (como en El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, por ejemplo); ni siquiera es de esas otras historias donde el protagonista es parte de esa fauna humana de antihéroes, malditos, desgraciados y hasta monstruos asesinos a quienes el lector termina odiando (como es el caso de El Chivo, personaje deLa fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa).

No; esta no es la historia de seres excepcionales viviendo aventuras excepcionales; ni siquiera de seres normales enfrentando circunstancias extremas. Ésta es la crónica de un simple, anodino y pueril día que transcurre en una común y aburrida ciudad de la periferia europea en la que unos seres de lo más comunes y corrientes, absolutamente minúsculos en sus vidas… se cruzan, se encuentran y desencuentran, se miran de lejos, se envidian, se critican; y es así como la historia se va levantando de las calles de Dublín a cada paso (y a cada palabra) y se vive, sobre todo, en la mente de sus personajes. Es como si el escritor hubiera usado (por primera vez en la literatura) una especia de lupa para poder acercarse más y poder ver mejor la vida de los hombres y así acceder a cierto ámbito de la vida humana que en las otras novelas (porque después de leer Ulises, es Ulises y las otras novelas) no ven y por lo tanto no tocan ni destacan. En esta novela tenemos a personajes completamente normales en el sentido de que no están viviendo una gran aventura, ni siquiera una gran vida, ni siquiera una buena vida… sino una vida de lo más normal. En Ulises, asistimos a sus personajes y sus mocos, a su manera vulgar y casi impúdica de embutirse la comida y bebida, a sus flatulencias, a sus masturbaciones, a sus nimiedades, a su chatura, a las exigencias constantes y a veces impertinentes de sus cuerpos. Al observar más de cerca, el escritor pone su atención en otro aspecto de la vida humana; descubre algo que la literatura anterior ha olvidado: el cuerpo, el cuerpo y su presencia inevitable, y sus necesidades impostergables y constantes todo el día, todos los días. Por lo demás, ese día en Dublín no pasa nada extraordinario, nada fuera de lo común, nada siquiera destacable. En la parte 1 por ejemplo, tenemos a un Stephen aún somnoliento, sobre la torre Martel, frente a la playa de Sandycove donde su amigo Mulligan, en camisón, se afeita parodiando una misa, asistimos a este sencillo acto y a una conversación hecha de frases, bromas y burlas bastante pedantes entre ambos; vemos cómo toman desayuno (junto al inglés Haines que está de paso en la torre), cómo luego se cambian y salen, Stephan toma su bastón de fresno y se dirige al colegio donde trabaja y Mulligan y Haines se van a nadar a la playa. En la parte 2 tenemos a Stephen dictando clase de historia, pero más que nada está pensando en otras cosas, como divagando, relacionando ideas a propósito de lo que va surgiendo en la clase; luego tenemos a Stephen ayudando a un pequeño con su tarea de matemática y finalmente hablando con el Sr. Deasy, el director del colegio con quien conversa sobre varias cosas en su oficina, además éste le paga su quincena. Por la conversación descubrimos en el Sr. Deasy a un irlandés conservador, retrógrado y antisemita, que pide a Stephen le ayude a publicar un artículo suyo en el periódico donde éste, conocido practicante de literatura había publicado una que otra cosa (se trataba de un artículo sobre la epidemia de glosopeda, que padecían las vacas por esos días en Dublín). En la parte 3 tenemos a Stephen caminando hacia la playa, después de dictar clases en el colegio; camina por un rato con los ojos cerrados, pensando en varias cosas a la vez; cosas sin relación lógica alguna entre unas y otras; lo vemos dudar entre visitar o no a su tía Sara, que vive cerca de donde él camina, finalmente desiste y sigue rumbo a la playa, donde se sienta sobre una piedra y observa, observa a una pareja de mujeres que camina, a una pareja de amantes con un perro que hace cabriolas y da brincos, repara en el cadáver de un perro, una carcasa a medias enterrada en la arena, deja su mente discurrir libre y se le ocurre escribir algunos versos, lo hace en el papel que le dio temprano el Sr. Deasy donde estaba escrito su artículo. Siempre con su mente fluyendo de una cosa a otra, de un tema a otro. Finalmente y luego de hurgarse la nariz mientras pensaba, extrae un moco; y como prestó su pañuelo a Mulligan mientras se afeitaba esa mañana en la torre y no le fue devuelto, sin otra alternativa, deja el moco sobre la piedra donde había estado sentado y se va. En la parte 4 regresamos a las 8 de la mañana y tenemos al Sr. Bloom, quien en la cocina de su casa, pone a hervir agua para el té; su mujer, Molly, aun duerme enredada en las sábanas en el piso superior. El Sr. Bloom, pensando en una y otra cosa, da de comer a la gata, sale a comprar y compra un riñón de cerdo en la carnicería, repara en las caderas de una empleada que también compra, espera que le despachen rápido para ir tras ella mirándola; lo despachan, sale pero la empleada ya no está, regresa a su casa, pensado en muchas cosas pero sobre todo en su mujer; encuentra una postal y dos cartas metidas por debajo de la puerta cuando regresa: la postal y una carta son para su mujer y una carta para él. Pone a freír el riñón en mantequilla mientras va preparando el desayuno a su mujer; cuando se lo sube le entrega también la carta (que es de Boyles, de quien el Sr. Bloom sospecha es su amante), y la postal que es de su hija, que vive en otra ciudad; inesperadamente empieza a oler a quemado, el Sr. Bloom baja corriendo porque recuerda el riñón en la sartén; luego toma desayuno y poco después tiene ganas de ir al baño, coge un periódico, entra al retrete del jardín destinado para la empleada (cuando hay) y se libera con gusto entre los olores de su mierda y la lectura de un artículo un tanto ridículo, de la pesadez de su vientre.

Como verán, aparentemente nada pasa en la novela, o pasan cosas pero de lo más simples y nimias y hasta vulgares; cosas que no son interesantes, cosas que todos vivimos a diario… el encanto está en cómo cuenta Joyce esta historia, en los recursos de los que se vale e incluso que él mismo crea, inventa y propone; y a partir de los cuales revoluciona la literatura para siempre. Definitivamente hay un antes de Ulises y un después de Ulisesen la literatura universal, y ahí está la maravilla de ésta novela. En ella, entramos a la mente de sus personajes. No es solamente Stephen caminando del colegio a la playa: estamos dentro de su mente, asistimos a todas las asociaciones, recuerdos, flash back´s, estímulos externos (de su entorno inmediato) e internos (de su cuerpo), que confluyen en su mente, en su subconsciente (y ahí está el lector). Mientras camina con los ojos cerrados hacia la playa, Stephen va pensando en cómo será ser ciego y todo lo que eso implica, de ahí pasa a pensar en su tía Sara a propósito de que está pasando cerca de su casa, y eso lo hace recordar a su tío borracho y a sus primos en una escena familiar, tiene reflexiones de tipo religioso, ve pasar unas comadronas y empieza a pensar en el nacimiento, en Eva, la primera mujer; piensa en su niñez, en cuando era creyente, mira el cadáver de perro enterrado en la arena, mira al otro perro hacer cabriolas, piensa, imagina, asocia, todo él es un fluir de ideas, asociaciones no lógicas, sensaciones varias entre físicas y psicológicas. Y para transmitir todo eso que confluye en la mente de un Stephen que simplemente camina por la playa, Joyce necesita de otro lenguaje, de otra forma de escribir, hacerlo desde otro espacio… y es así como crea un nuevo recurso literario después conocido como monólogo interior; recurso que consiste en narrar precisamente desde dentro de los personajes, desde su mente; mostrando al lector su subconsciente que fluye a la deriva sobre todo y nada. El Ulisesestá contado en 18 partes que van desde las ocho de la mañana de un jueves hasta las dos de la mañana del viernes siguiente en la vida de Stephen y el Sr. Bloom principalmente, aunque aparecen muchos otros personajes, secundarios y hasta extras que configuran muy bien la fisonomía de un Dublín atrasado, conflictivo y complejo de principios del siglo XIX. Por lo demás, cada parte está relatada con un estilo diferente, (hay uno que es en forma de novelita rosa, otro de obra de teatro, otro una suerte de collage de estampas diversas de la ciudad, otro tipo catecismo con preguntas y respuestas; el último, el número 18, que corresponde al monólogo interior de Molly, es un largo fluir de casi 40 páginas sin puntos ni comas. Los signos de puntuación simplemente no son necesarios para transmitir el interior, el subconsciente, la mente en duermevela de Molly Bloom que, entre dormida y despierta en su cama, divaga sobre muchas cosas, a la deriva, cerrando magistralmente la novela.

Además, Joyce dibuja muy bien el contexto de la historia. Vemos a una Irlanda que es aún una colonia de Inglaterra (estamos en 1904), lo que tenía muy a flor de piel el espíritu irlandés y la necesidad de afirmar su identidad ante el colonizador cercano y aplastante de los irlandeses. (Algunos personajes, en ciertas conversaciones, hablan de que se debería instalar el irlandés como idioma oficial en vez del inglés, por ejemplo). A lo largo de la novela, se siente claramente el malestar (por decir lo menos) de los irlandeses por su condición de súbditos de la corona y sus afanes por conseguir su independencia política (había un movimiento separatista conocido como los sinn fein y en algún momento hubo un líder llamado Parnell que casi los lleva a la independencia); y para hacer aún más conflictiva su relación con Inglaterra, está el hecho de que Irlanda fuera católica e Inglaterra protestante. Todo eso y más, mucho más… discurre a los largo de esta novela prodigiosa.

Por otro lado, se ha hablado mucho de la relación entre el Ulisesde Joyce y la Odisea de Homero; y es que muchos ven un paralelo entre el Ulises personaje de la Odisea (quien vive precisamente una odisea para regresar a casa luego de la guerra de Troya y Bloom personaje de Ulises y su propia odisea diaria). En el Ulises de Joyce tenemos a Bloom saliendo temprano de su casa y regresando en la madrugada del día siguiente después de un sinfín de aventuras minúsculas y nimias y 900 páginas que son la crónica de esa pequeña (¿pequeña?) odisea. Otros han llegado a decir que Ulises sería mejor con 200 páginas menos y para ser fieles a la verdad, quizá sea cierto; pues parece que Joyce, conocedor de su magnífico descubrimiento: el monólogo interior, abusa de él, se regodea de su técnica, de sus recursos y de su genio alargando innecesariamente ciertas partes. Es por ello que Ulises, a ratos, se hace un libro denso y pesado, y sólo un lector empedernido es capaz de seguir, mal que bien, el genio de su autor aún debajo de toda esa excesiva palabrería y juegos de lenguaje, de chistes ingeniosos pero a veces innecesarios, de asociaciones demasiado localistas o intimistas haciendo el libro menos accesible, especialmente para un lector en este caso peruano como yo.

Pero como dije, Ulises es un monumento de la literatura universal definitivamente y claro que vale la pena leerlo; ha sido toda una aventura, estimulante y maravillosa, adentrarme en su universo. Gracias y gloria al Sr. James Ausgustine Alosysius Joyce para siempre.


elmer ernesto alcántara
Trujillo, abril del 2012



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