BIENVENIDO

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En este blog encontrarás cuentos, relatos, micro-relatos y breves aventuras literarias sobre temas diversos que sólo buscan abstraerte del mundo por 20 minutos. Disfrútalas.




sábado, 23 de septiembre de 2017

Rayuela, la Maga y la nostalgia de los sesentas.

Vista desde nuestros días, la década de los sesenta parece una época lejanísima, de otro siglo, quizá de nuestros padres o abuelos, pero que nada tiene que ver con nosotros y con el mudo presente. Esta década, sin embargo, es considerada como una de las más interesantes, emotivas, revolucionarias y cautivantes de la historia humana reciente y definitivamente ayudó a configurar el rostro del mundo actual. Si recordamos bien, los sesenta están apenas a quince años del fin la Segunda Guerra Mundial que azoló Europa y la dejó en la ruina económica y además, dividida en dos grandes bloques: Europa occidental y Europa del este. 
De esa gran guerra, los Estados Unidos salieron como los grandes vencedores; su economía se robusteció y se convirtió en el país más fuerte y poderos del planeta (no sólo económica sino también militarmente). Y como consecuencia de ello, el centro del mundo (sobre todo el económico-político, aunque no tanto el cultural), que hasta entonces había estado en Europa, se desplazó hacia Norteamérica que se constituyó en el paradigma y líder del mundo occidental.
Los sesenta fueron una constante políticamente: los Estados Unidos -que con los principales países del mundo occidental conformó la OTAN-, trataba de imponer la democracia liberal y la economía de mercado en todos los países de su influencia. Y la URSS -líder de los países de Europa del este con quienes conformó el Pacto de Varsovia, la contraparte de la OTAN- trataba de expandir el comunismo por el mundo. Dos grandes bloques (militares y económicos) enemigos en polarización constante que luchaban por la hegemonía mundial y que por lo mismo propiciaron y llevaron adelante uno de los acontecimientos que marcaron esa década: el momento más crítico que alcanzó la guerra fría entre los dos bloques cuando en octubre de 1962, el mundo estuvo al borde de la tercera guerra mundial a propósito de los misiles rusos en Cuba.
Pero no solamente la vieja Europa y la nueva potencia mundial vivían cambios y transformaciones en su sociedad, en la década de los sesenta; desde la lejana China de Mao llegaban noticias de su Revolución Cultural y casi todos los países de África alcanzaban su independencia por esos años. En los países de Latinoamérica, por su lado, proliferaban las dictaduras militares que en su afán de contener los avances del comunismo o de propiciarlo, avasallaron derechos ciudadanos, cometieron graves crímenes, sobre-endeudaron a sus países y arruinaron sus economías.
Ese era, a grandes rasgos, el contexto económico y político mundial de los sesenta. Pero no solamente en esos contextos había grandes acontecimientos por supuesto; en abril de 1962, por ejemplo, el ruso Yuri Gagarin, en la cápsula espacial Vostok 1 dio una vuelta entera a la Tierra convirtiéndose así en el primer hombre en el espacio. En febrero de 1966 el vehículo espacial soviético Luna 9 se posó ligeramente sobre la superficie lunar; y finalmente, el 21 de julio de 1969 el hombre llegó a la luna cuando los astronautas norteamericanos Neil Armstrong y Edwin Aldrin, alunizaron. Este era el ambiente de los años sesenta; la atmósfera en la que estaban creciendo las generaciones que nacieron en los cuarenta y que durante su niñez vivieron de cerca esa gran guerra que mató millones, que desbastó pueblos enteros. Generaciones que crecieron escuchando sobre las atrocidades de Hitler y los nazis; de cómo en un solo segundo, con una sola bomba, el hombre mató a millones de hombres de una sola vez en la atroz Hiroshima. Además de eso, el país más poderoso del mundo estaba ahora enfrascado en una guerra estúpida y brutal con Vietnam que no sólo mataba vietnamitas sino miles de jóvenes americanos y de paso se llevaba millones de millones de los impuestos de los contribuyentes. Es en este caldo de cultivo que nacieron y florecieron los movimientos juveniles, contraculturales, de protesta, de liberación, que buscaban transformar la mentalidad del mundo occidental primero y del mundo entero después para siempre.
Porque los acontecimientos de cambio mental de los que me quiero ocupar en esta reseña, se dieron principalmente (se podría decir que exclusivamente) en el mundo occidental y más específicamente, en los jóvenes del mundo occidental. Había que transformar el mundo y transformar al hombre; para el decepcionado y a la vez soñador espíritu de las nuevas generaciones, occidente estaba caduco, decadente, podrido: Las nuevas generaciones querían otra cosa, un mundo nuevo y un hombre nuevo… y responden entonces con rock and roll, con la revolución sexual, con la revolución femenina, con el hippismo, y las drogas, y el blue jean, y la minifalda; que fueron los símbolos de esa época. En Estados Unidos los llamaban “los hijos de las flores” y protestaban contra la guerra de Vietnam; organizaron el Woodstock 69, el concierto de rock por la paz convocado en una pequeña granja del estado de New York donde se esperaba 40,000 y llegaron casi medio millón de hippies y jóvenes de todos los rincones de Estados Unidos. Su lema era “haz el amor y no la guerra” y cantaron y bailaron y se drogaron por varios días, pero no hubo disturbios ni vandalismo. El “París, mayo del 68” también es un hecho emblemático de la época pues los jóvenes y obreros franceses tuvieron en jaque a su gobierno por varios días con protestas contra el establishment en las calles de París bajo el lema “sé realista, pide lo imposible”. En Latinoamérica por su parte el legendario Che Guevara se volvía un ícono mundial de romanticismo y un paradigma de luchador por la causa humana e inspiraba revoluciones en todo el continente.
Pero en Latinoamérica, además, se daba otro fenómeno interesantísimo, más allá de dictaduras y revoluciones: el fenómeno literario del boom de la novela latinoamericana. Entre sus representantes más eminentes tenemos a Mario Vargas Llosa (de Perú), Gabriel García Márquez (de Colombia), Carlos Fuentes (de México) y Julio Cortázar (de Argentina); quienes revolucionaron la novela latinoamericana y la colocaron en un primer plano mundial. 
De todas las novelas que produjeron, hay una en especial que se volvió novela de culto para los jóvenes de esa época (sigue siéndolo, para todo aquel que ame la literatura) y era leída con devoción: se trata de Rayuela, de Julio Cortázar, publicada en 1963. 
Y no es que en Rayuela tengamos de protagonista o héroe a un hippie de pelo largo que fuma marihuana, escucha rock and roll y protesta en las calles contra las guerras, las dictaduras, las diferencias raciales, o proclama la libertad sexual. En rayuela el (anti) héroe es Horacio Oliveira, un argentino cuarentón que a finales de los cincuenta (en 1959 específicamente), a topetones existenciales se busca en París, “…había empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche…”; se cuestiona con furor suicida; se mira al espejo con la profunda sospecha de que ahí no está, pero solo; la cosa para él no era en grupo ni contra poderes como el estado, o el sistema político-económico; la cosa para él era personal, existencial, metafísica. Oliveira era un solitario “… No se puede querer lo que quiero, y en la forma en que lo quiero, y de yapa compartir la vida con los otros. Había que saber estar solo y que tanto querer hiciera su obra…”. Era un buscador “…Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas…”. Él quería algo así como desnudarse de su espíritu occidental, sacudirse de su herencia cultural, de eso que muchos llaman “la segunda naturaleza” y renacer transformado “…tirarse en sí mismo con tal violencia que el salto acabara en los brazos de otro…”. Atrapado en los límites de una mente que no estaba segura ni de la realidad, Oliveira manotea en sus “ríos metafísicos” “…esta realidad no es ninguna garantía para vos o para nadie (…). El solo hecho de que vos estés a mi izquierda y yo a tu derecha hace de la realidad por lo menos dos realidades, y conste que no quiero ir a lo profundo y señalarte que voz y yo somos dos entes absolutamente incomunicados entre sí salvo por medio de los sentidos y la palabra, cosas de las que hay que desconfiar si uno es serio…”.  
Por lo demás, si vamos a las cosas prácticas, Oliveira no tiene trabajo y es en realidad un vago. Hay unas poquísimas palabras en toda la novela que aluden a que era algo así como escultor (hacía estructuras y armazones de tipo artístico con alambres que encontraba en la calle y que luego pintaba). Vivía en cuartuchos del Barrio Latino; recorría, cigarro en mano, las calles y los cafés de París; se reunía con amigos, en su mayoría latinoamericanos y casi todos con alguna afición artística, (eran en realidad bastante cultos y leídos), con quienes conformaba “El club de la serpiente”. Tenían largas conversaciones sobre muchas cosas, mientras tomaban licores baratos y escuchaban jazz en alguna buhardilla de París: arte, metafísica, literatura, el mundo, el hombre…; discutían sobre las teorías de Morelli, (un escritor que existe sólo en la novela) y a quien admiraban porque buscaba otra cosa con su literatura y hablaba de anti-novela y anti-literatura. Morelli decía cosas como: “…Tomar de la literatura eso que es puente vivo de hombre a hombre, y que el tratado o el ensayo sólo permite entre especialistas. Una narrativa que no sea pretexto para la transmisión de un ´mensaje´ (no hay mensaje, hay mensajeros y eso es el mensaje, así como el amor es el que ama); una narrativa que actúe como coagulante de vivencias, como un catalizador de nociones confusas y mal entendidas…”
Pero al margen de las discusiones filosóficas, metafísicas, existenciales en las que se enfrascaban por horas y a veces noches enteras los miembros del Club de la serpiente; quien destacaba entre ellos, aunque no precisamente por sus inteligentísimos aportes a las discusiones, era la Maga, que no entendía nada; que quería saber pero que no entendía “…anda a tropezones con el mundo. Gracias a lo cual, (…) es absolutamente perfecta en su manera de denunciar la falsa perfección de los demás…” dice Oliveira en una ocasión refiriéndose a ella. Porque ella parecía acceder al conocimiento de otra manera, por otros medios “…no era en su cabeza donde tenía le centro…”;  los miembros el club, hombres y mujeres, consideraban que la Maga estaba como del otro lado, viviendo, sin saberlo, esa vida de la que ellos sólo hablaban y que no necesitaba entender nada porque ella lo estaba viviendo. Al no tener “el centro en la cabeza”, la Maga no necesitaba racionalizar nada primero, ella vivía solamente. Ella se movía por el mundo obedeciendo otras leyes, no lógicas, no racionales, poéticas; y era quizá por ese medio –la poesía– que ella accedía a ese conocimiento al que ellos se afanaban en acceder racionalizando “…cierra los ojos y da en el blanco…”, decían los del club. La Maga era poesía en movimiento. Por lo demás, lo que sabemos de ella en el terreno práctico, es que era uruguaya, que se llamaba Lucía, que tenía un hijo llamado Rocamadour; que Oliveira la conoció en una calle de París, y que se enamoraron y se amaron sin compromisos ni ataduras en calles, hoteles y buhardillas por las que andaban sin buscarse pero andaban para encontrase…; porque ellos no se daban citas precisas “…la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico…”. Ellos  se amaban de otra manera y cuando Oliveira no la encontraba entonces le decía en silencio: “…Oh mi amor, te extraño, me dolés en la piel, en la garganta, cada vez que respiro es como si el vacío me entrara en mi pecho donde ya no estás…”; o, como todo amante que de verdad quiere hacerse uno con el ser amado, le decía “…Ah, déjame entrar, déjame ver algún día como ven tus ojos…” , o: “…para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos…” o fantaseaba cuando le daba un beso: “…Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja…” Se amaron hasta encontrarse en lo más íntimo y precario de sus seres “…Sólo esa vez, excentrado (…), vejó a la Maga en una larga noche de la que poco hablaron luego… la dobló y la usó como a una adolescente, la conoció y le exigió las servidumbres de la más triste puta, la magnificó a constelación, la tuvo entre los brazos oliendo a sangre, le hizo beber el semen que corre por la boca como el desafío al Logos, le chupó la sombra del vientre y de la grupa y se la alzó hasta la cara para untarla de sí misma en esa última operación de conocimiento que sólo el hombre puede dar a la mujer, la exasperó con la piel y pelo y baba y quejas, la vació hasta lo último de su fuerza magnífica, la tiró contra una almohada y una sábana y la sintió llorar de felicidad contra su cara que un nuevo cigarrillo devolvía a la noche del cuarto y del hotel...
Oliveira y la Maga se conocieron, se amaron y finalmente se separaron, “…Anduvieron y anduvieron por un París mirando cosas, dejando que ocurriera lo que tenía que ocurrir, queriéndose y peleándose y todo esto al margen de las noticias de los diarios, de las obligaciones de familia y de cualquier forma de gravamen fiscal o moral…”. Oliveira regresó a Buenos Aires (fue deportado porque era ilegal) y la Maga se quedó en París. En Buenos Aires trabajó en los oficios más peculiares y no cesaba su batalla existencial, y empezó a extrañar mucho a la Maga. El final de la novela es abierto, tenemos a un Oliveira que en una suerte de crisis existencial, se encierra en un cuarto del manicomio donde trabajaba con sus viejos amigos Traveler y Talita y no quiere salir; desde allí se asoma por la ventana y los ve que desde abajo lo invitaban a bajar, o a abrir la puerta para dejarlos entrar (estaban preocupados por él y querían ayudarlo pues lo querían de verdad). Oliveira mira el patio donde estaban sus amigos desde la ventana (había una rayuela dibujada en el) y simplemente piensa que sería tan fácil deja caerse y “paf, se acabó”. Muchos interpretan este final como que Oliveira se suicida, muchos otros creemos que no; que su crisis es un tocar fondo, un llegar al límite (él mismo decía: “mis peligros son sólo metafísicos”) para luego seguir. Oliveira no se mata porque en el fondo amaba la vida y porque al margen de todo él tenía un buen concepto de sí mismo.
Oliveira siempre había buscado su kibbutz, teniendo en la figura del kibbutz la idea de un espacio al que uno llega reconciliado consigo mismo, lejos ya de contradicciones interiores, a salvo de los “ríos metafísicos”, en armonía con uno mismo y con el entorno. Una lejana noche de París Oliveira pensaba así de sí mismo: “…Aprovechar la refrigeración nocturna para sentir lúcidamente, con la precisión descarnada del sistema de estrellas sobre su cabeza, que su búsqueda incierta [de su kibbutz] era un fracaso y que a lo mejor en eso precisamente estaba la victoria. Primero por ser digno de él (a sus horas Oliveira tenía un buen concepto de sí mismo como espécimen humano), por ser la búsqueda de un kibbutz desesperadamente lejano, ciudadela sólo alcanzable con armas fabulosas, no con el alma de Occidente, con el espíritu, esas potencias gastadas por su propia mentira (…), esas coartadas del animal hombre metido en un camino irreversible. Kibbutz del deseo, no del alma, no del espíritu. Y aunque deseo fuese también una vaga definición de fuerzas incomprensibles, se lo sentía presente y activo, presente en cada error y también en cada salto adelante, eso era ser hombre, no ya un cuerpo y un alma sino esa totalidad inseparable, (…) la nostalgia vehemente de un territorio donde la vida pueda balbucearse desde otras brújulas y otros nombres…”
Cambiar el mundo, cambiar al hombre, renunciar a la vieja tradición occidental, a ese viejo espíritu greco-judeo-cristiano (¿es acaso eso posible aún?) que no sirve para regresar al hombre al paraíso; porque el hombre ha perdido para siempre la inocencia y pureza del animal, y está muy lejos aún de la de los ángeles. Así más o menos se resumía el soñador y efervescente espíritu de los sesenta. Había que buscar en otros lados: en la poesía, en el amor, en la mística de oriente, en la sicodelia de las drogas, etc. otros caminos y otras posibilidades. Ese espíritu lamentablemente fue perdiendo fuerza y finalmente se agotó, con los años. Aparentemente los hippies de los sesenta se fueron volviendo los conservadores de los ochenta y los noventa. Yo nací en 1968 y me gusta pensar que algo queda todavía de esa década maravillosa: la esperanza irrenunciable de un nuevo mundo y un nuevo hombre; porque como decía Oliveira: “…Lo que pasa es que me obstino en la inaudita idea de que el hombre ha sido creado para otra cosa…” 

FIN

elmer ernesto alcántara
Trujillo Perú, 2013


jueves, 10 de diciembre de 2015

El Universo, Dios y Epicuro



La velocidad de la luz, todos lo sabemos, es de 300,000 Km. por segundo. Eso hace posible que en un minuto la luz recorra 18'000,000 de Km. (dieciocho millones de km.), y en una hora, 1,080'000,000 de Km. (mil ochenta millones de Km.). A la velocidad de la luz, podríamos viajar de la Tierra a la Luna en 1.28 segundos; o de la Tierra al Sol en 8.32 minutos.

Esta alucinante velocidad es uno de los parámetros que los científicos, físicos y astrofísicos de todo el mundo utilizan para medir las alucinantes distancias en el espacio: han creado el año luz. Un año luz es la distancia que recorre la luz en un año; (si en un minuto la luz recorrer dieciocho millones de Km., imaginen la cantidad de billones de Km. que recorre en un año.)

Veamos algunos ejemplos: la distancia que hay de la Tierra a Alfa Centauro, la estrella más cercana a ella aparte del sol, es de 4.5 años luz; y la que hay de un extremo al otro de la Vía Láctea, la galaxia a la cual pertenecen nuestro Sistema Solar, Alfa Centauro, y otros billones de estrellas, planetas, satélites, asteroides, cometas etc., es de 100,000 años luz. !Cien mil años viajando a la velocidad de la luz!… Como podemos ver, a este nivel las distancias se vuelven inconmensurables, casi inconcebibles y resulta difícil ya siquiera imaginarlas. Pero además y a pesar de su colosal tamaño que da vértigo y reta nuestra comprensión, nuestra Vía Láctea no es precisamente una “gran” galaxia; sino una pequeña galaxia en la periferia del Universo. La galaxia más cercana a ella se llama Andrómeda o M-31; se encuentra a 2.5 millones de años luz y tiene el doble del tamaño de la Vía Láctea.

Pero por supuesto ahí no se termina el Universo: la Vía Láctea, Andrómeda y miles de otras galaxias forman lo que se llama un Cúmulo de galaxias. Cúmulo de galaxias es una agrupación de galaxias, que luego forman Súper-cúmulos de galaxias; y el Universo está formado por millones de Súper-cúmulos de galaxias.

Casi inconcebible verdad?. Son tan inconmensurablemente vastas las distancias en el Universo, que por ejemplo las explosiones de Supernovas (estrellas que explotan) que los telescopios captaron hace algunos años, en realidad no ocurrieron en esos años, sino hace millones de años. Por qué recién pudimos ver la luz de esas explosiones?; porque sencillamente esas explosiones ocurrieron a tales monstruosas distancias, que la luz que generaron viajó a través del espacio por millones de años (cuando ni siquiera había vida en nuestro planeta) hasta llegar a nosotros que recién pudimos verla.  

¿Que decir ante semejantes dimensiones?: ¿Inconcebible, inimaginable, monstruoso, incomprensible, inalcanzable? Podríamos poner todos estos adjetivos juntos y buscar más; y aún así no podríamos siquiera dar una idea de las distancias y dimensiones en el Universo… Pero, si hay algo que al menos a mí, me resulta aún más inconcebible e incomprensible, y que es el objetivo central de este pequeño escrito, es la idea de un Dios detrás de todo esto; y paso a explicar por qué me resulta tan incomprensible.

Primero que todo por qué. ¿Por qué Dios crearía el Universo?. Esto me resulta incomprensible porque parto del siguiente punto: Si ya hemos visto lo incomprensiblemente vasto que es el Universo, tratemos con esfuerzo de imaginar cómo sería el Dios que lo ha creado. Ese Dios tendría que ser más vasto y anterior al Universo; tendría que ser lo absoluto, lo total, la perfección, la eternidad, el infinito; todo estaría en él, nada estaría fuera de él; nada podría haber fuera de él.

Por lo tanto, la idea de Dios creando el Universo no me entra en la cabeza porque para crear algo hay que tener o el deseo, o la necesidad, o simplemente la voluntad de crear eso que se quiere crear y por definición, Dios no podría tener ni deseos, ni necesidades, ni voluntad de nada porque sólo se desea lo que no se tiene; y no podría haber nada que Dios no tenga, que esté fuera de él. Sólo se necesita lo que nos hace falta y a Dios tampoco podría faltarle nada. Y la voluntad de hacer o crear algo siempre obedece al impulso de cambiar o mejorar o agregar algo y en el mundo de Dios no podría haber nada que pueda ser cambiado, o mejorado o agregado porque todo sería (o debería ser) perfecto. Por lo que llego a la conclusión que Dios no pudo tener ni el “deseo” de crear el Universo para divertirse por ejemplo, ni la “necesidad” de hacerlo para sentirse acompañado, ni por “voluntad” de ejercer su poder y manifestarse… porque todo eso lo invalidaría o descalificaría como Dios. Es más, si existiera, Dios tendría que ser, además de todo lo ya dicho más arriba, la quietud absoluta; porque todo movimiento o acción, rigurosamente hablando, denuncia la imperfección puesto que está orientado a perfeccionar algo que estaba imperfecto o a desperfeccionar algo que estaba perfecto. Y en el mundo de Dios todo sería perfecto y entonces no cabría ninguna acción.

Ahora les presento “El argumento del mal de Epicuro”: Epicuro parte del echo innegable de que el mal existe en el mundo;  y entonces razona así:

1) o Dios quiso eliminar el mal y no pudo.
2) o Dios pudo eliminar el mal y no quiso.
3) o Dios ni quiso ni pudo.
4) o Dios quiso y pudo.

Si fuera así:

En el caso 1), Dios es impotente lo que contradice su omnipotencia.
En el caso 2), Dios es malvado lo que contradice su bondad.
En el caso 3), Dios es impotente y malvado a la vez lo que contradice su omnipotencia y bondad.
En el caso 4), si Dios quiere y puede acabar con el mal, ¿porque no elimina al mal?. En este caso Dios es incoherente lo que contradice su perfección.

Entonces:

Conclusión caso 1): si Dios no es omnipotente no es Dios, luego Dios no existe.
Conclusión caso 2): si Dios no es bondadoso no es Dios, luego Dios no existe.
Conclusión caso 3): si Dios no es omnipotente ni bondadoso no es Dios, luego Dios no existe.
Conclusión caso 4): si Dios no es perfecto no es Dios, luego Dios no existe.

Conclusión mía y final: tus oraciones se pierden en el infinito silencio del Universo.



Elmer Ernesto Alcántara
Sydney, diciembre del 2015

martes, 26 de mayo de 2015

La última pesadilla & s6is micro-relatos

La última pesadilla


Corría. Desnudo, descalzo, atropelladamente corría por el bosque solitario y oscuro con la urgencia desesperada de escapar, de salvarse. Lo estaba persiguiendo de nuevo, lo asechaba otra vez, podía sentirlo en su piel. Cada instante la amenaza crecía, y se hacía más nítida la sensación escalofriante de ser una indefensa presa acorralada que lo único que podía hacer era correr y correr, completamente inerme, en la oscura noche, en el inmenso bosque. En escasos segundos estará pisándole los talones…, en escasos segundos y siente cerca de su nuca el resuello caliente y pesado de sus fauces hambrientas; y cuando en plena carrera voltea, cuando en el paroxismo del miedo vuelve sus ojos hacia eso que lo persigue y amenaza... el instante salvador en que solía despertar de la pesadilla no llegó, y petrificado de horror pudo verle la cara. 

FIN




Intento de explicación:

– Pero, no entiendo –dice el terapeuta, terminando de revisar la última pregunta del largo cuestionario– ¿dónde está la rareza, la anormalidad, la monstruosidad, como dice Ud.?

– Eso no es algo que vaya usted a descubrir en una entrevista y ese cuestionario doctor –dice el hombre echado en el diván. Voy a tratar de explicárselo con una figura: verá; es como si la vida fuera un largo camino, un camino por donde caminan las personas del mundo: unas van delante, otras van detrás, y las que caminan juntas, van encontrándose y desencontrándose en ese caminar; pero todos caminan el camino. Y yo sí; soy como esas personas que caminan el camino, soy exactamente como ellas; la monstruosidad está en que yo no camino con ellas, yo estoy parado al lado del camino viéndolas caminar.



Otro inocente sueño que se estrella contra la cruda realidad:

Soñaba que estaba volando, que planeaba como un águila sobre la ciudad, mirándola embelesado desde arriba... pero cuando desperté no estaba sobre mi cama, caía aparatosamente sobre el techo de mi casa.



Explicación pseudo-literaria de un misterio que hasta ahora los médicos no han podido dilucidar: 

Lo que pasó es que la bala entró en su corazón cuando estaba pletórico de ella. Es por eso que no salió sangre sino flores azules de su pecho.



Último deseo de un loco tirado en la calle a punto de morir:

Sostener al pequeño Dios en la palma de su mano, acariciarle tiernamente la cabeza, sonreírle y perdonarle por todo.


Cuestión de naturalezas:

Hay algo que Dios (con toda su omnipotencia, su eternidad y su infinitud) jamás conocerá como yo sí conoceré algún día: cómo se muere.



Esperanza de Nada:

Negrura infinita que es luz de otros ojos, soledad sin vacío que no necesita compañía, eternidad donde se anulan para siempre los opuestos, armonía perfecta: es la Nada a la que despertamos cuando la liberadora muerte nos abre por fin los verdaderos ojos.

FIN


elmer ernesto alcántara


jueves, 2 de abril de 2015

La odisea de todos los días en un día


Después de dos intentos fallidos (en el 2002 y el 2006), he leído completo, por fin, el Ulises de James Joyce. Esta novela-monstruo, como lo llamó alguna vez su propio autor, es la crónica de un solo día: del 16 de junio de 1904 en Dublín, Irlanda. Sus casi 900 páginas empiezan a las 8 de la mañana de ese 16 de junio con Stephen Dedalus, uno de sus protagonistas, sobre la torre Martel donde vivía con unos amigos (en los tiempos de Napoleón, construyeron esas torres circulares de protección a lo largo de la costa irlandesa, desaparecida esa amenaza, las rentaban barato a quien quisiera alquilarlas) y desde donde se contemplaba el mar color “verde-moco” que baña las costas de Dublín…;y termina a las 2 de la mañana del día siguiente, con el monólogo de Molly Bloom, esposa de Leopold Bloom, el otro protagonista.

Las sensaciones que me ha dejado leer este monumento de la literatura universal (además del inmenso placer que ha sido zambullirme en sus páginas) son múltiples y variadas. Primero que nada, me ha maravillado porque la historia que refiere no es una de esas donde el protagonista enfrenta un aciago destino que a costa de esfuerzo, fe y algo de fortuna, logra torcer a su favor (como es el caso de La Odisea de Homero, que cuenta las avatares de Ulises, quien luego de pelear en la guerra de Troya regresar a casa. Demora veinte años en hacerlo, viviendo en el camino un sinfín de aventuras y desventuras; historia ésta de Homero que, además, sirve como referencia a la de Joyce). Tampoco es una de esas historias donde dos amantes enamorados vencen el tiempo, las distancias y los contras de una vida que se empeña en separarlos y terminan viviendo un amor que ha sobrevivido a todo y a todos (como en El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, por ejemplo); ni siquiera es de esas otras historias donde el protagonista es parte de esa fauna humana de antihéroes, malditos, desgraciados y hasta monstruos asesinos a quienes el lector termina odiando (como es el caso de El Chivo, personaje deLa fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa).

No; esta no es la historia de seres excepcionales viviendo aventuras excepcionales; ni siquiera de seres normales enfrentando circunstancias extremas. Ésta es la crónica de un simple, anodino y pueril día que transcurre en una común y aburrida ciudad de la periferia europea en la que unos seres de lo más comunes y corrientes, absolutamente minúsculos en sus vidas… se cruzan, se encuentran y desencuentran, se miran de lejos, se envidian, se critican; y es así como la historia se va levantando de las calles de Dublín a cada paso (y a cada palabra) y se vive, sobre todo, en la mente de sus personajes. Es como si el escritor hubiera usado (por primera vez en la literatura) una especia de lupa para poder acercarse más y poder ver mejor la vida de los hombres y así acceder a cierto ámbito de la vida humana que en las otras novelas (porque después de leer Ulises, es Ulises y las otras novelas) no ven y por lo tanto no tocan ni destacan. En esta novela tenemos a personajes completamente normales en el sentido de que no están viviendo una gran aventura, ni siquiera una gran vida, ni siquiera una buena vida… sino una vida de lo más normal. En Ulises, asistimos a sus personajes y sus mocos, a su manera vulgar y casi impúdica de embutirse la comida y bebida, a sus flatulencias, a sus masturbaciones, a sus nimiedades, a su chatura, a las exigencias constantes y a veces impertinentes de sus cuerpos. Al observar más de cerca, el escritor pone su atención en otro aspecto de la vida humana; descubre algo que la literatura anterior ha olvidado: el cuerpo, el cuerpo y su presencia inevitable, y sus necesidades impostergables y constantes todo el día, todos los días. Por lo demás, ese día en Dublín no pasa nada extraordinario, nada fuera de lo común, nada siquiera destacable. En la parte 1 por ejemplo, tenemos a un Stephen aún somnoliento, sobre la torre Martel, frente a la playa de Sandycove donde su amigo Mulligan, en camisón, se afeita parodiando una misa, asistimos a este sencillo acto y a una conversación hecha de frases, bromas y burlas bastante pedantes entre ambos; vemos cómo toman desayuno (junto al inglés Haines que está de paso en la torre), cómo luego se cambian y salen, Stephan toma su bastón de fresno y se dirige al colegio donde trabaja y Mulligan y Haines se van a nadar a la playa. En la parte 2 tenemos a Stephen dictando clase de historia, pero más que nada está pensando en otras cosas, como divagando, relacionando ideas a propósito de lo que va surgiendo en la clase; luego tenemos a Stephen ayudando a un pequeño con su tarea de matemática y finalmente hablando con el Sr. Deasy, el director del colegio con quien conversa sobre varias cosas en su oficina, además éste le paga su quincena. Por la conversación descubrimos en el Sr. Deasy a un irlandés conservador, retrógrado y antisemita, que pide a Stephen le ayude a publicar un artículo suyo en el periódico donde éste, conocido practicante de literatura había publicado una que otra cosa (se trataba de un artículo sobre la epidemia de glosopeda, que padecían las vacas por esos días en Dublín). En la parte 3 tenemos a Stephen caminando hacia la playa, después de dictar clases en el colegio; camina por un rato con los ojos cerrados, pensando en varias cosas a la vez; cosas sin relación lógica alguna entre unas y otras; lo vemos dudar entre visitar o no a su tía Sara, que vive cerca de donde él camina, finalmente desiste y sigue rumbo a la playa, donde se sienta sobre una piedra y observa, observa a una pareja de mujeres que camina, a una pareja de amantes con un perro que hace cabriolas y da brincos, repara en el cadáver de un perro, una carcasa a medias enterrada en la arena, deja su mente discurrir libre y se le ocurre escribir algunos versos, lo hace en el papel que le dio temprano el Sr. Deasy donde estaba escrito su artículo. Siempre con su mente fluyendo de una cosa a otra, de un tema a otro. Finalmente y luego de hurgarse la nariz mientras pensaba, extrae un moco; y como prestó su pañuelo a Mulligan mientras se afeitaba esa mañana en la torre y no le fue devuelto, sin otra alternativa, deja el moco sobre la piedra donde había estado sentado y se va. En la parte 4 regresamos a las 8 de la mañana y tenemos al Sr. Bloom, quien en la cocina de su casa, pone a hervir agua para el té; su mujer, Molly, aun duerme enredada en las sábanas en el piso superior. El Sr. Bloom, pensando en una y otra cosa, da de comer a la gata, sale a comprar y compra un riñón de cerdo en la carnicería, repara en las caderas de una empleada que también compra, espera que le despachen rápido para ir tras ella mirándola; lo despachan, sale pero la empleada ya no está, regresa a su casa, pensado en muchas cosas pero sobre todo en su mujer; encuentra una postal y dos cartas metidas por debajo de la puerta cuando regresa: la postal y una carta son para su mujer y una carta para él. Pone a freír el riñón en mantequilla mientras va preparando el desayuno a su mujer; cuando se lo sube le entrega también la carta (que es de Boyles, de quien el Sr. Bloom sospecha es su amante), y la postal que es de su hija, que vive en otra ciudad; inesperadamente empieza a oler a quemado, el Sr. Bloom baja corriendo porque recuerda el riñón en la sartén; luego toma desayuno y poco después tiene ganas de ir al baño, coge un periódico, entra al retrete del jardín destinado para la empleada (cuando hay) y se libera con gusto entre los olores de su mierda y la lectura de un artículo un tanto ridículo, de la pesadez de su vientre.

Como verán, aparentemente nada pasa en la novela, o pasan cosas pero de lo más simples y nimias y hasta vulgares; cosas que no son interesantes, cosas que todos vivimos a diario… el encanto está en cómo cuenta Joyce esta historia, en los recursos de los que se vale e incluso que él mismo crea, inventa y propone; y a partir de los cuales revoluciona la literatura para siempre. Definitivamente hay un antes de Ulises y un después de Ulisesen la literatura universal, y ahí está la maravilla de ésta novela. En ella, entramos a la mente de sus personajes. No es solamente Stephen caminando del colegio a la playa: estamos dentro de su mente, asistimos a todas las asociaciones, recuerdos, flash back´s, estímulos externos (de su entorno inmediato) e internos (de su cuerpo), que confluyen en su mente, en su subconsciente (y ahí está el lector). Mientras camina con los ojos cerrados hacia la playa, Stephen va pensando en cómo será ser ciego y todo lo que eso implica, de ahí pasa a pensar en su tía Sara a propósito de que está pasando cerca de su casa, y eso lo hace recordar a su tío borracho y a sus primos en una escena familiar, tiene reflexiones de tipo religioso, ve pasar unas comadronas y empieza a pensar en el nacimiento, en Eva, la primera mujer; piensa en su niñez, en cuando era creyente, mira el cadáver de perro enterrado en la arena, mira al otro perro hacer cabriolas, piensa, imagina, asocia, todo él es un fluir de ideas, asociaciones no lógicas, sensaciones varias entre físicas y psicológicas. Y para transmitir todo eso que confluye en la mente de un Stephen que simplemente camina por la playa, Joyce necesita de otro lenguaje, de otra forma de escribir, hacerlo desde otro espacio… y es así como crea un nuevo recurso literario después conocido como monólogo interior; recurso que consiste en narrar precisamente desde dentro de los personajes, desde su mente; mostrando al lector su subconsciente que fluye a la deriva sobre todo y nada. El Ulisesestá contado en 18 partes que van desde las ocho de la mañana de un jueves hasta las dos de la mañana del viernes siguiente en la vida de Stephen y el Sr. Bloom principalmente, aunque aparecen muchos otros personajes, secundarios y hasta extras que configuran muy bien la fisonomía de un Dublín atrasado, conflictivo y complejo de principios del siglo XIX. Por lo demás, cada parte está relatada con un estilo diferente, (hay uno que es en forma de novelita rosa, otro de obra de teatro, otro una suerte de collage de estampas diversas de la ciudad, otro tipo catecismo con preguntas y respuestas; el último, el número 18, que corresponde al monólogo interior de Molly, es un largo fluir de casi 40 páginas sin puntos ni comas. Los signos de puntuación simplemente no son necesarios para transmitir el interior, el subconsciente, la mente en duermevela de Molly Bloom que, entre dormida y despierta en su cama, divaga sobre muchas cosas, a la deriva, cerrando magistralmente la novela.

Además, Joyce dibuja muy bien el contexto de la historia. Vemos a una Irlanda que es aún una colonia de Inglaterra (estamos en 1904), lo que tenía muy a flor de piel el espíritu irlandés y la necesidad de afirmar su identidad ante el colonizador cercano y aplastante de los irlandeses. (Algunos personajes, en ciertas conversaciones, hablan de que se debería instalar el irlandés como idioma oficial en vez del inglés, por ejemplo). A lo largo de la novela, se siente claramente el malestar (por decir lo menos) de los irlandeses por su condición de súbditos de la corona y sus afanes por conseguir su independencia política (había un movimiento separatista conocido como los sinn fein y en algún momento hubo un líder llamado Parnell que casi los lleva a la independencia); y para hacer aún más conflictiva su relación con Inglaterra, está el hecho de que Irlanda fuera católica e Inglaterra protestante. Todo eso y más, mucho más… discurre a los largo de esta novela prodigiosa.

Por otro lado, se ha hablado mucho de la relación entre el Ulisesde Joyce y la Odisea de Homero; y es que muchos ven un paralelo entre el Ulises personaje de la Odisea (quien vive precisamente una odisea para regresar a casa luego de la guerra de Troya y Bloom personaje de Ulises y su propia odisea diaria). En el Ulises de Joyce tenemos a Bloom saliendo temprano de su casa y regresando en la madrugada del día siguiente después de un sinfín de aventuras minúsculas y nimias y 900 páginas que son la crónica de esa pequeña (¿pequeña?) odisea. Otros han llegado a decir que Ulises sería mejor con 200 páginas menos y para ser fieles a la verdad, quizá sea cierto; pues parece que Joyce, conocedor de su magnífico descubrimiento: el monólogo interior, abusa de él, se regodea de su técnica, de sus recursos y de su genio alargando innecesariamente ciertas partes. Es por ello que Ulises, a ratos, se hace un libro denso y pesado, y sólo un lector empedernido es capaz de seguir, mal que bien, el genio de su autor aún debajo de toda esa excesiva palabrería y juegos de lenguaje, de chistes ingeniosos pero a veces innecesarios, de asociaciones demasiado localistas o intimistas haciendo el libro menos accesible, especialmente para un lector en este caso peruano como yo.

Pero como dije, Ulises es un monumento de la literatura universal definitivamente y claro que vale la pena leerlo; ha sido toda una aventura, estimulante y maravillosa, adentrarme en su universo. Gracias y gloria al Sr. James Ausgustine Alosysius Joyce para siempre.


elmer ernesto alcántara
Trujillo, abril del 2012



Tolstoi, Nietzsche y una noche de insomnio


Cuando alguien tiene un poco de tiempo, y decide hacer esas cosas que siempre quiso hacer pero que nunca hizo por falta precisamente de tiempo; se pueden dar coincidencias muy singulares y hasta provechosas. Lo digo porque me ha sucedido a mí, hace poco; cuando con un poco de tiempo libre a mi disposición, me decidí por releer, todas las mañanas, cuentos que había leído hace mucho tiempo y además; por las tardes, por tratar de entender a Nietzsche, de quien leí un par de libros hace muchos años, quedando impresionado con sus ideas incendiarias y sus pleitos con Dios. Así que, releyendo a Tolstoi me encontré otra vez con su gran cuento La muerte de Ivan Ilich; un cuento muy interesante para los que quieren aprender a contar cuentos pues parece contradecir todas las reglas propias del género y salirse de los parámetros del cuento; sin embargo, no pretendo hablar aquí de cómo Tolstoi cuenta su cuento; sino sobre Ivan Ilich, su personaje; y a partir de él, hablar también sobre su familia, su entorno, su clase social, su país; y si, como me sucedió a mí, en una noche de insomnio, lo combinamos con Nietzsche; puede que terminemos hablando de la humanidad entera; de mí y quizá hasta de ti… y todo sólo con un poco de tiempo.

Pero bueno, empecemos hablando de Ivan Ilich, el personaje de Tolstoi. Ivan Ilich vive en la Rusia de fines del siglo XIX; es un abogado que trabaja para el Estado desempeñando diversas funciones públicas. Como se recordará, la Rusia de fines del siglo XIX era un país atrasado, pre-industrial y eminentemente campesino; estaba gobernada por los Zares, cuyo poder descansaba sobre cuatro pilares: la nobleza, el clero, el ejército y la burocracia; y del otro lado teníamos a la inmensa mayoría: los campesinos empobrecidos que vivían en estado de servidumbre. (Se dice que por esa época Rusia tenía 120 millones de habitantes de los cuales 100 millones eran campesinos pobres). Ivan Ilich no era noble ni tampoco campesino; él pertenecía a la burocracia. Una burocracia inútil, paquidérmica y probablemente muy costosa, pero necesaria para mantener la estructura social y política de la Rusia de entonces. Tolstoi nos cuenta: “…Ivan Ilich era el fénix de la familia, como lo solían llamar. Ni tan frío ni tan correcto como su hermano mayor, ni tan aturdido como el tercero. Ocupaba el justo medio entre ambos: inteligente, vivaracho, agradable y formal. Estudió en la escuela de Jurisprudencia (…) En la escuela era ya lo que debía ser toda su vida: un hombre hábil, alegre, comunicativo, y que desempeñaba severamente lo que consideraba su deber…”.  Y en la medida que avanzamos en la lectura del cuento, vemos que es así; Ivan Ilich va por la vida juiciosamente, moviéndose con mucho tino, mucho cálculo y sobre todo con mucho sentido de la conveniencia. Con la ayuda de su padre consigue su primer trabajo muy joven, en el cual “…logró crearse una situación fácil y agradable, (…) hacía su carrera, y al mismo tiempo se divertía de modo conveniente. Manteníase dignamente ante sus superiores o subordinados, desempeñando con exactitud y honradez incorruptibles las funciones de que estaba encargado…”. Tolstoi continúa “…A pesar de su juventud y de su tendencia a las ligeras distracciones era muy reservado en lo oficial y hasta severo en los asuntos privados del trabajo; pero en las relaciones comunes era siempre alegre e ingenioso, siempre servicial, correcto y buen muchacho, como decían de él su jefe y la mujer de su jefe…” A la edad conveniente, por ejemplo, Ivan Ilich se casa. ¿Podríamos decir que lo hizo porque ardió en su corazón el fuego del amor y la pasión y quiso juntar su vida para siempre con la de su amada? No, Ivan Ilich se casa porque cree que es lo que debe hacerse a cierta edad, porque su joven prometida es de una familia bien posesionada socialmente, pero sobre todo porque eso lo haría verse muy bien ante los ojos de sus superiores. Tolstoi nos cuenta “…Prascovia Feodorovna pertenecía a una buena y noble familia, y disponía de una pequeña dote. (…) Además estaba bien emparentada, era graciosa, linda, una mujer, en fin, completamente comme il faut. Ivan Ilich se casaba con ella por dos consideraciones: primero porque era cosa agradable adquirir semejante esposa, y segundo porque las personas de alta posición lo encontraban razonable…” Sí, así va el buen Ivan Ilich por la vida; su primer año de matrimonio fue muy bueno. Tolstoi lo describe: “…El proceso mismo del matrimonio y de la primera época de vida conyugal –con las caricias matrimoniales, los nuevos muebles, la vajilla nueva, la nueva ropa blanca– hasta la preñez de su esposa, pasáronse muy bien. De manera que Ivan Ilich comenzaba a creer que, su vida agradable, fácil, alegre, siempre decente y aprobada por la sociedad, no sólo no sería turbada por el matrimonio, sino embellecida más bien…” Pero lamentablemente para él, las cosas no continuaron así; su esposa, en los últimos meses del embarazo, empezó a cambiar “…hízose celosa, exigió de él los más solícitos cuidados, halló que replicar a todo…” “…Al principio, Ivan Ilich aparentaba ignorar el mal humor de su esposa; continuaba la misma existencia agradable y regular; invitaba a que fueran a su casa sus amigos; jugaban allí a las cartas; procuraba ir al círculo o a casa de sus conocidos…”.

Pero una vez que la primera hija de Ivan Ilich nació, Prascovia Feodorovna su esposa no retornó a mostrar los encantos que había mostrado antes del matrimonio; sino más bien se veía muy dispuesta a domesticarlo y a someterlo a sus caprichos; en casa le hacía la vida muy difícil; Ivan Ilich empezó entonces a refugiarse en su trabajo “…Era el trabajo la única cosa que imponía a Prascovia Feodorovna, y su trabajo y las exigencias que de él resultaban escogió como medio de lucha para reconquistar su independencia. Muy pronto, apenas un año después del matrimonio, Ivan Ilich comprendió que la vida conyugal, si bien ofrecía algunas comodidades, era, en suma, un asunto bastante complicado y difícil (…) y para llevar una vida digna y aprobada por la sociedad, se hacían necesarias ciertas relaciones determinadas, como en el trabajo. Y fueron las que estableció Ivan Ilich. No exigió de la vida familiar sino las comodidades de una comida en su casa, de una buena cama, de cierto orden y, principalmente, las conveniencias exteriores, exigidas por la opinión pública. En todo lo demás sólo buscaba una alegría exterior, y, cuando la encontraba, sentíase agradecidísimo…”

Y así tenemos entonces, luego de unos años, a un Ivan Ilich ya maduro que llega a ser Procurador del Palacio de Justicia, fiel esposo y amoroso padre de dos hijos; quien ha sabido además, en pro de la convivencia, las buenas costumbres y sobre todo ante los ojos de la alta sociedad, ceder posiciones ante las intransigencias de su esposa y adecuarse sin mayor problema a esa situación; y a partir de ahí construyó una vida que él llamaba decente, moderada y moralmente impecable. Tolstoi lo describe así: “…hacía todo con manos limpias, camisa limpia y en buen francés, principalmente en la alta sociedad y, de consiguiente, con aprobación de los personajes más elevados (…) En general, su existencia era tal como debía ser, con arreglo a sus creencias: fácil, agradable y digna. Se levantaba a las nueve, tomaba café, leía la prensa, vestía su uniforme de media gala e íbase al Palacio…” Si acaso tenía un pasatiempo inofensivo en el que solía distraerse con sus amigos, era un juego de cartas llamado whist. Tolstoi continúa: “…Confesaba que, tras las contrariedades de la vida, su puro placer era organizar una partida de whist (…) jugar de manera inteligente, con cartas favorables. Cenar después y beber un vaso de vino. Eh ahí sus alegrías personales. De consiguiente, Ivan Ilich íbase a la cama en las mejores disposiciones después de una partida en que ganara moderadamente, porque ganar demasiado no le agradaba…”.

Y bueno, como suele suceder, aún con las personas más decentes y moralmente impecables; a los cuarentaicinco años, sin una razón aparente, Ivan Ilich enfermó de algo que no se sabía bien (que nunca se supo) qué era. Visitó muchos médicos tratando de curarse de esa rara enfermedad; pero finalmente, luego de una penosa agonía de días, murió.

* * *

El resumen que he tratado de hacer del cuento de Tolstoi no está, por supuesto, a la altura del mismo; pero da una idea de cómo vivió y cómo murió Ivan Ilich; un hijo de su tiempo, un representante de su clase. Y así como él, posiblemente había miles y quizá millones de personas en la Rusia de ese tiempo. Pero además, si miramos desde una perspectiva más amplia y consideramos al hombre en su verdadera y más profunda naturaleza. Si pudiéramos sacudir las superficialidades externas y meramente accidentales, las modas pasajeras con que los tiempos suelen cubrir a las generaciones, podríamos tranquilamente decir que, esencialmente, Ivan Ilich es también como nosotros; porque; ¿quién no, al igual que él, busca, principal y casi exclusivamente, el éxito profesional, la ascensión social, el dinero?; ¿quién no tiene su moral de bolsillo, sus pequeñas maldades que rumia sobre la almohada en la oscuridad; sus pequeñas bondades que dosifica con austeridad y mucho cálculo?… y es ahí donde entra a tallar nuestro buen amigo Nietzsche.

Porque toda la filosofía de Nietzsche es precisamente eso: una mirada profunda y una crítica feroz e implacable a los hombres decentes, a los hombres moralmente impecables, a los buenos. Nietzsche es un látigo que azota a una humanidad hace mucho tiempo y por muchas razones (que él expone con brillante lucidez) echada a perder.

Yo no soy un experto en Nietzsche, pero lo he leído; y en las páginas de sus libros se puede claramente descubrir como él considera que fueron ciertos momentos y épocas específicas, o personajes influyentes de la historia, los que echaron a perder a la humanidad (entre ellos, por ejemplo Sócrates); pero sobre todo orienta su artillería pesada contra lo que considera la peor plaga que le podía haber ocurrido a la humanidad: el cristianismo.

Ahora, muchos se preguntarán; ¿por qué el cristianismo, una doctrina que proclama el amor al prójimo, vendría a ser la peor plaga que le ocurrió a la humanidad? Para responder esta pregunta y entender el planteamiento de Nietzsche, habría que regresar a los albores de la humanidad. (Todos sabemos que en los albores de la humanidad –unos 3,000 años atrás–; los hombres, en diversas partes del mundo –China, Egipto, Grecia, Roma, etc.– empezaron a  formar culturas diversas; pero como la cultura occidental se nutrió especialmente de tres: la romana, la judía y sobre todo la griega; Nietzsche considera principalmente la griega). Él cree que hasta antes de Sócrates, los griegos había seguido un desarrollo saludable y natural, acorde con lo que el hombre era entonces: un animal sano y libre, que seguía con inocencia y espontaneidad sus genuinos instintos vitales y dejaba que la vida fluya en él en toda su diversidad. Pero fue por influencia de Sócrates que los griegos toman un camino equivocado. Si revisamos la mitología griega a través de la cual ellos se explicaban el mundo, veremos que consideraban al hombre en toda su multiplicidad; así por ejemplo, entre sus muchos dioses, tenemos a Apolo, el Dios de la serenidad, de la armonía, de la racionalidad, y también a Dionisios, el Dios de los instintos, del erotismo, de las fuerzas irracionales, de la afirmación de la vida; y estos dioses que representaban las diversas e incluso opuestas fuerzas y potencialidades que bullen en el centro mismo de lo humano, eran valorados por igual, considerados al mismo nivel. Pero a partir de Sócrates y por influencia de él, se apuesta exclusivamente por Apolo, es decir por la racionalidad; y se empieza hablar de una Esencia o un Ser, con características de universal y eterno; de algo absoluto, perfecto e inmutable del cual proviene todo, y sobre todo la Verdad; y entonces se reniega de Dionisios y las fuerzas que éste Dios representa son consideradas falsas, oscuras, de las que hay que renegar. Luego viene, aprovechando el terreno que había abonado Sócrates, el cristianismo y con el cristianismo, dice Nietzsche, triunfa la moral de “los esclavos”, de los resentidos, de los perdedores, de los malogrados; ¿y por qué el cristianismo es la moral de los esclavos y los resentidos?; lo es porque nació, se consolidó y se expandió primero entre los miserables, los enfermos, los sometidos; pero sobre todo porque promueve valores como la obediencia, el sometimiento, la humildad, la sumisión, la compasión; todos valores propios del rebaño y que socaban las fuerzas vitales del hombre; y de los resentidos porque está en contra de todo lo elevado, lo fuerte, lo singular, lo sobresaliente en el hombre y más bien trata de hacer de él oveja y rebaño. Introduce además el cristianismo uno de los conceptos más enfermizos y nefastos en la historia de la humanidad: el de pecado, del cual luego deriva la culpa; y además inventa “el mundo del más allá”, “el mundo por venir”, en oposición del único mundo real con el que el hombre cuenta: la tierra y su cuerpo en ella. De esta manera la religión de los esclavos, de los perdedores, de los débiles y resentidos se impone porque tiene “al gran número” de su lado, a la masa, a la muchedumbre; y al imponerse en la historia, queda de lado lo que Nietzsche llama “la moral de los señores” que no es más que la moral de los hombres fuertes, de las individualidades poderosas, de los hombres saludables y superiores, la moral de la exigencia de lo elevado y de la afirmación de las fuerzas vitales. El cristianismo se convierte de esta manera en el principal enemigo de las fuerzas vitales del hombre, de los instintos y del cuerpo (todo lo que los griegos representaban con el dios Dionisios); y de alguna manera lo castra, lo convierte en un ser temeroso (de Dios, del infierno), enfermo (de culpa y de pecado), que reniega de su cuerpo y de sus instintos. Hay un ejemplo que Nietzsche pone sobre éste tema: en La Biblia (Marc. 9,47), se puede leer: “si tu ojo te escandaliza, arrójalo de ti. Mejor te es entrar con un solo ojo en el reino de Dios que tener los dos ojos y ser arrojado al fuego del infierno”; aquí se puede ver claramente el desprecio que el cristianismo tiene y promueve por los sentidos a los que considera malos y pecaminosos por sí mismos. Nietzsche por el contrario dice: “…¿Os aconsejo yo matar vuestros sentidos? Yo os aconsejo la inocencia de los sentidos. ¿Os aconsejo yo la castidad? La castidad es en algunos una virtud, pero en muchos es casi un vicio…”. De esta manera el cristianismo se convierte en una religión antinatural porque impone leyes e imperativos que van en contra de los instintos primordiales de la vida. Con mayor precisión, Nietzsche nos dice: “…Al cristianismo no se le debe adornar ni engalanar: él ha hecho una guerra a muerte al tipo superior de hombre, él ha proscrito todos los sentidos fundamentales de ese tipo de hombre. (…) El cristianismo ha tomado partido por todo lo débil, bajo, malogrado, ha hecho un ideal de la contradicción a los instintos de conservación de la vida fuerte; ha corrompido la razón incluso de las naturalezas dotadas de máxima fortaleza espiritual al enseñar a sentir como pecaminosos, como descarriadores, como tentaciones, los valores supremos de la espiritualidad…” … “…El cristianismo quiere animales hombre domesticados; su medio es ponerlos enfermos; enfermarlos de pecado. El debilitamiento es la receta cristiana para la doma del animal hombre…”.

Es por eso que Nietzsche proclama “la muerte de Dios” (que no significa que Dios haya existido y luego haya muerto, lo cual sería un absurdo), que significa la muerte de todos los viejos valores sobre los cuales el mundo occidental ha sido construido, porque no han sido una respuesta a las necesidades humanas de felicidad, de placer sin culpa, de un disfrute saludable y pleno de la totalidad de la vida; porque estos viejos valores tampoco han propiciado (incluso han conspirado en contra de) una evolución sana y natural que lleve al hombre a un estadio de desarrollo más elevado y superior. Entonces Nietzsche propone el “superhombre” u hombre nuevo, que aparece tras la muerte de Dios; y éste hombre nuevo, que está por encima del racionalismo socrático, de las religiones que proclaman un Dios y un más allá y de la moral de los esclavos; este superhombre ya sanado y limpio, libre de todo eso con que los siglos anteriores cargaron su conciencia con el fin de doblegarlo y domesticarlo; ése hombre nuevo, será el creador de los valores nuevos, que serán los valores para una vida nueva y un mundo nuevo.

Las ideas y planteamientos de Nietzsche son el intento más radical por regresar al hombre a sus verdaderos orígenes y a su verdadera naturaleza, a sus instintos más primordiales; por rescatarlo de todo lo falso, erróneo y torcido con lo que ha sido abrumado a lo largo de la historia… Pero, regresando por donde comenzamos: ¿qué tienen que ver las ideas de Nietzsche con el cuento de Tolstoi, con Ivan Ilich, al margen de que fueron contemporáneos? Tienen que ver en el sentido de que: por cómo vivió Ivan Ilich, podemos decir que es un perfecto ejemplo de hombre castrado, de un hombre domesticado; de alguien que vive más pendiente de las leyes y convenciones sociales y morales, que de sus imperativos más íntimos y personales. Es un hombre que sin preguntar ni cuestionar nada, se somete humilde y obedientemente a las leyes de la moral, la costumbre y el qué dirán y prefiere traicionarse a sí mismo que a esas leyes. Ivan Ilich es un perfecto ejemplo de hombre que hace “lo que se debe hacer”; pero Nietzsche nos dice: “…¡No es vuestro pecado, es vuestra moderación lo que clama al cielo, vuestra mezquindad hasta en vuestro pecado lo que clama al cielo…

Por cuestiones de espacio, no es posible destacar todas las situaciones, escenas y momentos en los que podemos ver, a lo largo del cuento de Tolstoi, cómo todos los personajes que desfilan por él, son en esencia, iguales a Ivan Ilich. Vemos por ejemplo a sus amigos y colegas, cuando reciben la noticia de su muerte; ninguno se duele sinceramente de él, ni siente en verdad su muerte y lo echa de menos; la primera reacción en todos ellos (que no lo exteriorizan, claro), tiene que ver con la plaza en el Poder Judicial que queda vacante, y en cómo aprovecharla a su favor. Se incomodan además porque tendrán que dejar la comodidad de sus casas e ir a dar las condolencias y asistir a la misa de réquiem, vemos claramente como cumplen con los ritos que los hacen buenos, que los hacen decentes, que los hacen moramente impecables; pero no los vemos ser buenos, ni decentes. Tenemos también a Prascovia Feodorovna, quien de luto riguroso y pañuelo en mano para limpiarse constantemente las lágrimas recibe a los amigos de la familia para la misa de réquiem; se mostraba como una viuda sufriente y dolida pero semanas atrás, cuando Ivan Ilich estaba en las garras de su enfermedad, le deseaba en silencio la muerte, aunque al mismo tiempo y también para cumplir con los ritos de “buena esposa”, es decir, con los ritos de buena, de decente, de moralmente impecable, lo atendía con fastidio. Incluso vemos a la hija de Ivan Ilich: Katia, fastidiada con la enfermedad de su padre, egoísta, pero que cumple también con los ritos de buena hija.

Es por ello que resulta conmovedor ver a Ivan Ilich, en los últimos días de su vida, cuando empieza a ser consciente de que la muerte le está pisando los talones, y cuando está solo consigo mismo se preguntaba “…quizá no haya vivido cual debía. Más, obré siempre como era preciso obrar…”. Ivan Ilich sabía que ya nada se podía hacer, pero se preguntaba “…¿por qué, por qué todo este horror? Y no encontraba respuesta. Y cuando le ocurría pensar –y ocurríale a menudo– que todo sucedía porque no había vivido como debiera, al momento recordaba la formalidad y regularidad de su vida, y otra vez rechazaba aquel extraño pensamiento…

En las postrimerías de su vida Ivan Ilich pensó mucho, Tolstoi lo cuenta mejor: “…Y las ideas que antes le parecían inadmisibles fijáronse en su cerebro: aquello podía ser cierto, podía no haber vivido como debía. Ocurriósele la idea de que sus intentos, apenas perceptibles, de lucha contra lo que los demás hombres de alta posición consideraban lícito, que aquellos intentos de que en seguida se desembarazaba, podían ser la única cosa buena de la vida; que lo demás era lo que no debía ser. Tumbóse boca arriba, y a continuación analizó su vida pasada de un modo diferente…”. Tolstoi continúa “…Cuando por la mañana vio al lacayo, luego a su mujer, a su hija, al médico, cada movimiento de aquellas personas, cada palabra por ellos pronunciada, fue una confirmación de la terrible verdad de la noche. Se veía en ellos, claramente lo notó: que nada de aquello era lo que debía ser, que todo resultaba horrible, una mentira enorme, que velaba vida y muerte. Tal sensación hacía desfallecer sus fuerzas físicas (…) Todo lo que me ha mantenido en la existencia es mentira, engaño que oculta la vida y la muerte. Y en cuanto pensó esto despertó el odio, y con él los terribles sufrimientos y la conciencia de una muerte próxima e inevitable…”, como vemos, a pesar de haber cumplido con todos los ritos que hacen a un hombre bueno Ivan Ilich murió en medio de un gran sufrimiento y terribles dudas, con la sensación de que la vida, la verdadera vida, iba por otro lado.

Y bueno, me parece que no hay mejor manera de terminar esto que comenzó una noche de insomnio, que con éstas palabras de Nietzsche, escritas en el prólogo de su libro “El Anticristo, transvaloración de todos los valores”: “…Oídos nuevos para una música nueva. Ojos nuevos para lo más lejano. Una conciencia nueva para verdades que hasta ahora han permanecido mudas (…) El respeto a sí mismo, el amor a sí mismo; la libertad incondicional frente a sí mismo. ¡Pues bien! Sólo ésos son mis lectores, mis verdaderos lectores, mis lectores predestinados: ¿Qué importa el resto? El resto es simplemente la humanidad. Hay que ser superiores a la humanidad por fuerza, por altura de alma, por desprecio…


elmer ernesto alcántara
Trujillo, marzo del 2013